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Un gobierno reformista – Por Francisco Pomares

Estoy un poco harto de escuchar que esto no tiene arreglo, que lo único que se puede hacer es lo que se está haciendo. Más harto aún de se nos venda una política que se denomina reformista, y que no tiene de reformista abslutamente nada: solo consistente en cargar cada vez más la cuenta de la resolución de los problemas del país en las mayorías y en quienes menos tienen. ¿Qué reformas son las que se plantean?

Para empezar, una reforma laboral que solo perseguía abaratar el despido. Se presentó como una medida que frenaría la destrución de empleo, y lo único que hizo fue acelerarla, a un coste menor para los empleadores y (no debemos olvidarmo) en perjuicio económico de los despedidos. La reforma ha puesto a centenares de miles de trabajadores en la calle, y con menos capacidad de aguante. De paso, el Gobierno reformó también la prestación del seguro por desempleo. ¿Y en que consistió la reforma? ¿En obligar a los parados a realizar servicios sociales? ¿En establecer un sistema para vincular el cobro del seguro a la formación? Pues no: consistió en reducir prestaciones y tiempo de duración del seguro. Toda una reforma. Podemos hablar, también, de la reforma de la justicia, otra de las grandes decisiones políticas de esta legislatura, que ha consistido en un sistema de tasas obligatorias. Quienes no puedan pagarlas tendrán menos justicia efectiva. ¿Y quienes no podrán pagarlas? Por ejemplo, quienes no tengan empleo. ¿Y la reforma de la educación? Consiste en subir las tasas académicas y cargarse las becas. ¿Y la de la sanidad? Es cerrar quierófanos y hacer pagar por las medicinas. ¿Y la reforma de la administración pública? Despedir empleados, reducir salarios y pagas a todos. Y así una y otra y otra más. Estas son las reformas del gobierno reformista.

Pero la gran reforma que se tendría que acometer -que no es solo la de la función pública, como se desgañitan diciendo todos los días nuestros gobernantes liberales-, sino la de las instituciones, esa reforma no parece estar hoy en la agenda de nadie. Ni de quienes gobiernan no de quienes aspiran a hacerlo. La política se ha instalado en una suerte de corporativismo, cinismo y golfería en el que una casta dirigente acomodada se niega a perder sus privilegios y los de adheridos y asimilados. ¿Para cuando una reforma del sistema bancario que obligue a devolver a la sociedad lo que se ha esquilmado? Este país precisa reformas urgentes, desde luego, pero no reformas que dejen sin tutela del Estado y completamente a su suerte a quienes más necesitan del Estado, que son la mayoría.