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La guerra – Domingo-Luis Hernández

Hubo una ciudad que se llamó Bagdad. Sus calles eran polvorientas cuando el viento soplaba hasta sus zócalos la arena del desierto. Eran los infinitos granos de sílice de la llanura de Siria que llegaba hasta sus límites.

En el otro lugar, la cordillera, que ofrecía refugio a los guerreros. Pero Ahmed era valiente y no necesitaba protección. Su ingenio era similar a su osadía. Y por eso le pareció oportuno perderse en el desierto a fin de que su contrincante no lo encontrara.

Cargó el revólver y hasta allí se dirigió. Se perdió entre los juncos verdes del oasis del río Tigris.

Hisam era un guerrero singular. Más pequeño que Ahmed, su rostro de color aceituna acechaba hasta los más prolijos movimientos. Sabía cómo moverse, cómo hacerse invisible cuando lo precisaba. Por eso Ahmed decidió hoy ser más precavido que de costumbre.

Precisaba hacerle entender a Hisam, que si la guerra no es de cobardes las batallas no las ganan los valientes, las ganan quienes las saben plantear y quienes poseen las mejores armas para machacar a los adversarios.

Hoy el revólver era su vida. Por eso se deslizó por el lodo con el rostro transfigurado por el barro fresco y la espalda cubierta por ramas.

Y vio a miles de habitantes de Bagdad correr hacia la rivera del río porque habían visto descender dos paracaídas desde el cielo. Decidieron organizar partidas para buscar entre los juncos a quienes gobernaban la nave que la guerra destruyó.
El niño vio la explosión desde la maleza. Sabía que Hisam andaba cerca, luego no podía distraerse por cualesquiera de los sucesos que se encontraran fuera de su escondrijo.

Luego, destrabó varas con sumo cuidado, se coló por atajos imprevistos y también por caminos que conocía como los dedos de sus manos.

Buscó, como en otras ocasiones, a su contrincante donde esperaba sorprenderlo porque hoy era hoy y el hoy habría de resarcir más de una pérdida. La hazaña no era pacífica ni el arma que portaba en su mano era baladí.

Entonces, en un recodo, sobre el fango, camuflado por el barro y por ramas precarias, sentado y con el tronco inclinado hacia delante, lo vio.

Ahmed se acercó, extendió el brazo y dijo: “¡Quieto, arriba las manos!”. No se privó de mirar fijamente y con severidad a los ojos del soldado. El paracaidista cerró los párpados por instinto.

Cuando los abrió, el niño corría por entre la maraña de varas y rastrojales en busca de su otro enemigo con el revólver de madera enfundado. Quería contarle, precisaba contarle (después de haberlo capturado, claro, porque en eso consistía la pelea) que hoy había tenido suerte, mucha suerte: había matado a un soldado enemigo de verdad.

El miliciano británico lo comprendió. A expensas de ser capturado por miembros del ejército regular de Iraq, ese mismo día confirmó que la guerra no es una ficción.