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Mejor que un rey – Por Cristina García Maffiotte

Hay tradiciones navideñas que se fueron con el inicio de la crisis y ahora son apenas un recuerdo. Desde la mula y el burro que han sido eliminados del portal de Belén, hasta los tres reyes magos que, según Benedicto XVI ya no llevan ni oro ni incienso ni mirra; sino tres guitarras y un tablado flamenco que para eso vienen de Andalucía. Todo ha cambiado en los últimos cinco años.

Como aquellas cestas de Navidad con pata de jamón incluida. Hubo un tiempo que existieron aunque ahora parezcan una leyenda urbana. Ahora el jamón te lo compras tú y pides que los doscientos gramos te los corten finito para que cunda más. Y de la cena de empresa ni hablamos. Ay, aquellas cenas de navidad, con regalos y sorteos y karaoke que dejaron paso a las cenas de empleados pagadas a escote y luego a un brindis en la oficina para acabar este año, el día 24, compartiendo un cortado con tus compañeros en el bar de abajo.

Y esas luces navideñas que alumbraban calles y barrios y convertían las noches en días. Con árboles llenos de bolas y guirnaldas en cada esquina y decenas de miles de flores de pascua llenado parques, plazas, jardines y alcorques. Este año, por no verse, no se ven ni papanoeles colgados de los balcones; probablemente porque la gente no tiene el cuerpo para fiestas aunque, quizás, solo quizás, sea un indicador de que hay esperanza para la raza humana porque significa que el mal gusto ha muerto.

¿Y las postales de Navidad? Desaparecidas. Miras en el buzón y lo único que hay son cartas del banco. Nada más. Ahora, debajo del árbol de plástico que pones en casa solo puedes colocar la postal de El Corte Inglés, pero no es lo mismo porque sabes que te la mandan solo para recordarte que les debes todavía cuatro pagos de la tarjeta de crédito y que saben dónde vives.

Sí, vale, lo de reunirse la familia y pasar la Nochebuena cantando villancicos, dándole abrazos al hijo de la nueva novia de tu primo al que nunca antes habías visto y, conociendo a tu primo, nunca más volverás a ver, sigue en pie. Sigue viva esa cena llena de excesos que te lleva, al filo de la madrugada, a sopesar ir a Urgencias porque tu estómago se ha rendido y tras horas de intenso trabajo se niega a digerir la última tanda de turrones. Y es una tradición bonita, no lo neguemos, que este año, además, tiene un aliciente especial. Este año, por primera vez, te sentirás superior a los Borbones. Vale que tú te estarás hartando a chóped, palitos de sucedáneo de cangrejo y conejo en adobo y ellos estarán comiendo jamón del bueno, langostinos y pavo relleno pero aun así, tú ganas. A diferencia del príncipe Felipe, tú tienes que aguantar a un cuñado que es un pelín pesado pero él debe soportar a uno que es un ladrón (presunto) y eso, lo mires como lo mires, te coloca en un plano superior. Por una vez, esa noche, te sentirás mejor que un rey.