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Miguel González – Por Luis Ortega

Es tal su capacidad, su solvencia en el oficio y su memoria estética que puede avanzar hacia los nuevos rumbos de la pintura o retroceder y, en divertida complicidad con los maestros del pasado, recrear los momentos áureos y hallazgos sobresalientes que enriquecieron la acuarela, le abrieron las puertas de museos y grandes colecciones y gozaron de la atención de los críticos más inteligentes que, lejos de tratarla como arte menor, resaltaron sus dificultades y méritos. En su última exposición en el Círculo de Amistad XII de Enero, con la exquisita naturalidad con que trata cualquier asunto, el gran Miguel González aborda un amplio abanico temático, un auténtico desafío del que sale airoso y que supone un paso más en su camino de perfección, que no admite comodidades ni conformismos. Con menores costes de investigación y horas de estudio, con sus calidades contrastadas de dibujante y colorista, cualquiera se hubiera convertido en epígono de sí mismo.

Pero, ya lo dijimos, esa actitud no va consigo y, día a día, prueba soportes y colores para ganar nuevas transparencias, para probar que la soltura compositiva es una asignatura constante y para sumar mayor brillantez a los resultados. En esta muestra deslumbrante, los encuadres, las proporciones, los primeros términos y las lejanías de fondo, responden a las exigencias de los paisajistas más exigentes que practicaron la aguada; en los bodegones de franciscana humildad, donde los higos se abren para mostrar su simétrica estructura, una tentación cárdena sobre la pureza de un paño zurbaranesco y González aparece como hiperrealista o realista mágico, a fuerza de insistir en el microcosmos de una fruta modesta que se asoma al cartón como al cantero o al camino. Puede acercarse al espíritu tradicional de esta técnica y, a la vez, alejarse de sus aspectos convencionales porque, en cualquier caso, trabaja desde una perspectiva diferente, propia y, lo que es mejor, profundamente contemporánea, ya sea en un tema de niebla densa y coches utilitarios que vislumbran como masas quietas o encendido movimiento, ya en una planta suculenta que se presenta con la seguridad y el descaro de la belleza asumida, ya sea en un guiño al maestro Mariano Fortuny en un viejo desamparado -pintor en paro, lo llama- ya en gitanas rotundas que enseñan sus encantos o esperan ante una puerta con un aura o secreto oriental. En el atento seguimiento en los últimos años de este pintor de tantos quilates, la sorpresa, la grata sorpresa por sus nuevos alcances, es un regalo seguro.