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La otra mitad

Louvre
El inmenso, laberíntico y majestuoso Louvre de París. | DA

FÁTIMA HERNÁNDEZ | Santa Cruz de Tenerife

Busqué intrigada el pequeño turíbulo de porcelana blanca -propagador de esencias- y finalmente lo hallé en su rincón, la colección de cerámica china, el lugar que los conservadores del museo habían destinado para él y no pude evitar pensar cómo habría llegado hasta allí, sus avatares, propietarios, peligros, trasiegos… ¡maravillosa historia, cuántos datos, qué recorrido…!

Mientras lo observaba en el Louvre, el inmenso, laberíntico y majestuoso Louvre, en el París de los bulevares, de Monmartre, de los puentes ornamentados de ilusiones y canciones, de l’Opera, de los impresionistas, de las barcazas que recorren el río Sena bajo el resplandor de luminarias mientras los amantes se entregan a pasiones ensoñadoras; de los bohemios del Barrio Latino, del existencialismo… me acordé de su antiguo dueño, aquel que sin duda lo habría protegido con su vida, trasladado con cuidado desde allá, desde las míticas regiones del Oriente que a muchos aterraba y otros buscaban con anhelo y además desesperación aventurera, en una época con plétora de temores, supersticiones, falsas creencias, brutalidad, castigo y muerte, pero también afán de descubrimientos en el centro de un mundo del que poco se sabía, aunque se sabía mucho.

Según el biógrafo Fra Jacopo D’Acqui, se trata de uno de los pocos objetos atribuidos al genial emprendedor y aventurero Micer Marco, joven que junto a sus familiares (Nicola y Maffeo Polo) desde la República de Venecia -del siglo XIII- comercial y peligrosa, con palacios y celosías; libidinosas meretrices y cortesanas ambiciosas y embaucadoras; mercaderes, traiciones y trueques; se encaminaron en 1271 hacia los lugares del Naciente que solo algunos, como Pian del Carpine (1245) que viajó hasta el lago Baikal, Guillermo de Rubruquis (1253) que quiso llegar hasta Mongolia o los propios hermanos Nicola y Maffeo, en un viaje comercial previo, se habían atrevido a recorrer. La zona atraía por entonces con riquezas, misterios ocultos y narraciones mágicas de aquellos que se habían adentrado más allá de los límites conocidos y hablaban de reinos de leyendas, enigmáticos -como el del Preste Juan, llamado rey de las Tres Indias, del que decían había combatido al gran Gengis- donde todos querían llegar, a pesar del peligro que suponía lanzarse a lo ignoto. Reconozco que siempre he sentido admiración y una especie de ensoñación con el hacer de los Polo, desde hace mucho, mucho tiempo, pero sobre todo desde que leí una novela -hace bastantes años- en esos momentos en que tenemos avidez por descubrir o curiosear mundos lejanos que por edad, distancia, tiempo y economía nos son vetados.

El viajero de Gary Jennings fue uno de los libros destacados de mis años de juventud. No es una joya literaria -lo reconozco con sinceridad- pero es de esos en que se plasma que el autor ama tanto lo que relata, que toda la documentación le parece escasa para ampliar datos de lo que cuenta, comentar lo que intriga, explicar lo que a otros podría inquietar… Me embriagué con su lectura, conocí la Venecia de entonces, los peligros de la Ruta de la Seda, las noches en los caravansares del desierto con temor a ser atacados, mientras se escuchaba el aullido de fieras salvajes; el Gran Desierto de Sal, el Techo del Mundo, los pueblos de Armenia; la ciudad tártara de Karakorum, Cochinchina (en la actual Vietnam), Champa, India; la corte de Kublai Kan, el mongol -descendiente del gran Gengis- tolerante, hospitalario, generoso y culto; los harenes del Ilkan de Persia colmados de mujeres de belleza extrema y paciencia infinita, que habían sido arrebatadas sin piedad de sus poblados para disponer de ellas… el resto de sus días; curiosas costumbres que me hicieron gesticular de extrañeza y pudor; castigos crueles, torturas insufribles, protocolos íntimos incomprensibles para los occidentales; brutalidad en una época donde la vida… valía nada.

Y he de reconocer que me abrió la mente para respetar otras creencias, culturas, otras maneras de ver el mundo, desde otra perspectiva, distinta a la nuestra, recorriendo con la imaginación -al tiempo- vastos espacios al resguardo del peligro que el protagonista compartía conmigo, pero solo él padecía. Relatan que, en su lecho de muerte, Polo exclamó con un grito iracundo y vehemente a los que le preguntaban si era verdad lo que narraba: ¡No he contado ni la mitad! ¡Ni la mitad! Cómo me hubiera gustado que lo hubiera contado todo, porque entonces hubieran sido aún más amplios mis minutos de ensoñación, mis momentos de deleite, mis ratos de aventuras, pero también es cierto que se hubiera perdido parte del misterio que envuelve al personaje y que incita a investigarle, a prendarte de él como una góndola se adhiere deslizante a las aguas tranquilas de canales venecianos, al amparo de añejos palazzos. Esos, los mismos que escondían misterios de amor y traición antaño, hablan de un gusto por los detalles pequeños, como el diminuto incensario que me cautivó, allá en París, y que a buen seguro trajo como presente para una añorada dama que esperó, muchos años, a que él regresara de un viaje que jamás pensó lo hiciera el más famoso de todos, que lo convirtiera universalmente en… El viajero.

Fátima Hernández es Bióloga y conservadora marina del Museo de la Naturaleza y el Hombre del Cabildo de Tenerife