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Ridículos – Por José David Santos

Fernando Pessoa escribió poco antes de morir, y a través de uno de sus famosos heterónimos, Álvaro Campos, aquello de “todas las cartas de amor son ridículas”. Curiosamente, su inmensidad literaria permite que hoy en día sean accesibles sus propias cartas de amor a la joven Ophelia Queiroz, que si bien dejan entrever al poeta universal, lo que revelan es, sobre todo, una intimidad que genera incomodidad, precisamente por eso, porque Pessoa se expone sin la cortapisa de la obra literaria y, por ejemplo, se dirige en sus epístolas a su amada como “bebecito del Ibis”. Menciona sus encuentros frustrados, sus pequeñas cotidianidades, el paso del tiempo y el amor y aparece el ser humano contradictorio, enamorado, tierno, sumido en su eterno desasosiego y que falleció a los 47 años víctima de una cirrosis hepática. Si bien no son ridículas, las misivas son íntimas y quizá deberían haber quedado escondidas en el cajón perfumado que las albergó un tiempo. Uno se pregunta si dentro de setenta u ochenta años, lectores ávidos de conocernos mejor recurrirán a nuestro actual arte epistolar; esto es, el Facebook, el Twitter, los sms, el whatsapp… Entonces sí que pareceremos ridículos y no como el bueno del lisboeta enamorado, cuyo mayor pecado fue confiar en su propio anonimato. Hoy en día no. Nos exhibimos, cada vez más y peor; tenemos la necesidad de contarnos al mundo porque, aquí tiro de iletrado analista de la psique, nos conocemos a nosotros mismos mucho menos. Vivimos tiempos duros, tiempos donde, en contradicción, poseemos más medios que nunca para comunicarnos, pero vivimos aislados. Mintiéndonos; siendo ridículos sin escribir cartas de amor.

@DavidSantos74