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Solidaridad con Paulino – Por Leopoldo Fernández

No le debo nada a Paulino Rivero. Nunca le pedí favores, ni pretendo solicitárselos en el futuro. Tampoco tiene el jefe del Gobierno ningún compromiso conmigo, así que en el terreno personal estamos en paz. Hubo, en cambio, un tiempo político en que yo me sentí perseguido por su partido y por los dirigentes que lo encabezaban, algunos con cargos de primer nivel en el Gobierno. Me refiero al año 93, cuando una moción de censura de AIC, ICN, CCN y AM desplazó a Saavedra de la Presidencia del Ejecutivo y colocó a Hermoso. La línea editorial que adoptó el DIARIO con tal motivo -pensando que era mejor y más estable un pacto de 40 diputados entre PSC y AIC que de 31 con fuerzas yendo por libre- no gustó a los nacionalistas, que pidieron mi cabeza y maniobraron para desplazarme de la dirección del periódico. Las cosas se pusieron muy duras, pero al final prevalecieron la firmeza de la empresa editora y la cordura de los mandamases del nacionalismo. Un almuerzo con Hermoso, Adán Martín y el propio Paulino arregló las cosas de manera civilizada, aunque reconozco que las heridas tardaron en cicatrizar. Pero no soy rencoroso, menos aún vengativo, así que mi discurrir profesional se ha atenido a lo que creo debe estar entre los principios de todo periodista que se precie: crítica libre e independiente pero justa y responsable, obediencia a los principios de veracidad y objetividad, rigor informativo y opinativo y actitud ética y proclive a la defensa de los intereses y necesidades de la sociedad. En este contexto, Rivero se ha llevado unos cuantos palos, algunos duros pero siempre respetuosos y distinguiendo entre la persona y su función. Y así seguiré en el futuro, si su gestión me inspira desconfianza. Pero hoy la cosa no va de reproches ni censuras, sino de solidaridad y adhesión. Lleva meses sufriendo, y con él su esposa, Ángela Mena, una campaña injusta, arbitraria, destemplada, alejada de las normas deontológicas que deben envolver cualquier crítica confiable, sea o no disfrazada de política. Con independencia de lo que en su día digan los tribunales, quiero levantar mi voz contra tanto exceso y tanto hostigamiento irreflexivo y desproporcionado. Una cosa es la crítica razonada y el análisis ponderado y otra el intento sistemático de vejación y ridiculización, el ataque al buen nombre y la fama, el acoso y la persecución desmedida. Más que periodismo de opinión, se trata de una insolencia, un desvarío, un disparate que degrada a la profesión periodística, su credibilidad y su prestigio.

No me gustan estos pontífices de realidades inventadas y pocos escrúpulos. Por eso me solidarizo con Paulino y su esposa.