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SOS Paradores – Rafael Torres

En tanto la Asociación de Hoteles Históricos de EE.UU. lanza una campaña de atracción para el público más joven, ayuno en general del conocimiento de la historia de su país, pese a ser esta extremadamente corta, el Gobierno español se ha fijado en nuestros Paradores, y como sucede con todo en lo que repara, se ha fijado en ellos para echarles el cierre y dejar a sus trabajadores en la calle. Para pertenecer a la Asociación de Hoteles Históricos de EE.UU. basta que el establecimiento candidato tenga una antigüedad de 50 años, menos de los que uno tiene, pero eso a los norteamericanos ya les sabe y les suena a historia. Nuestros Paradores, en cambio, no es que sepan o suenen a historia, sino que son la historia.

En las postrimerías del decenio de los veinte del pasado siglo se inició en España, por uno de esos raros avatares positivos que han tenido continuidad, el establecimiento de una rica red de Paradores por todo el territorio, usando para ello, en la mayoría de los casos, castillos, monasterios, palacios, pabellones de caza y edificios señoriales que andaban reducidos al abandono y la ruina. No a través de ellos, como en la joven América, sino en ellos, el viajero y el huésped pueden sumergirse en el pasado con los sentidos, respirando el aire y tocando las piedras de los espacios rescatados del tiempo. Cuando se democratizaron los viajes de placer y esparcimiento, casi todo el mundo pudo sentir, o imaginarse, que la historia de su país le pertenecía un poco.

El Gobierno de Rajoy, sin embargo, no debe querer que el país pertenezca a nadie que no sean los bancos y quienes les sirven, y ya les ha dicho a los trabajadores de esos bellos emporios de lujo asequible que se acabó la historia: casi setecientos a la calle y unos mil con severas reducciones de empleo y sueldo. Este Gobierno insensato, que cree que España es un objeto pignorable, de almoneda, pretende, cerrando una porción de Paradores y restringiendo la temporada de verano al resto, liquidar un área singular e importantísima del único sector productivo que todavía nos funciona, el turismo. Esa área cultural, de interior en gran medida, de enriquecimiento mutuo entre lugareños y visitantes, se quiere abandonar en aras de un ahorro que, con una mejor y más imaginativa gestión, sería innecesario. Por lo demás, la mezquina idea de que lo público tiene que producir exclusivamente ganancias económicas es una de las que nos están llevando inexorablemente a la ruina.