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Telefónica, Justicia, Sanidad y … – Por Fernando Fernández

Hasta El Corte Inglés da síntomas de contagio. No soy uno de sus clientes habituales, prefiero los comercios locales, de trato más personalizado, donde compro lo que quiero y no lo que entra por los ojos como una tentación consumista. Días atrás, después de intentar comprar algo para unos arreglos caseros y oír el endémico “no lo tenemos en plaza, hay que pedirlo a Península”, o a Las Palmas, tuve que ir al mencionado centro comercial en la santacrucera avenida Tres de Mayo, donde encontré lo que buscaba. Pagué y esperé la entrega de la mercancía. Resumiré: han pasado tres semanas y aún estoy esperando para terminar su instalación. He tenido que volver al citado centro en cuatro ocasiones y otras tantas llamadas telefónicas para tratar de conseguir que enmendaran hasta cinco errores, ¡cinco, eh!, en la entrega de mi compra.

Anécdotas personales al margen, el deterioro de los servicios públicos al que me referí semanas atrás se agrava por días y no me parece que en todos los casos sirva la excusa de la crisis. No en el caso Telefónica o Movistar, que lo mismo da. O para decirlo mejor, que no da el servicio exigible, que comete errores en la facturación y ¡qué casualidad!, siempre a su favor; que cuando reclamas te rompes la nariz contra el muro de un robot que dice imperativamente “marque el 1”, “marque el 2” y si tienes la suerte de que alguien te oiga, esta situado allá por el desierto de Atacama en los altos andinos. Al final la voz del odioso robot te pide valorar el servicio prestado por el operador que te ha atendido. No pregunta por su satisfacción por el servicio de Telefónica, sino si el operador subcontratado y mal pagado que está al otro lado del océano lo ha hecho bien o no. Preocupados por el volumen de las quejas, un alto responsable de la empresa ha anunciado que contarán con un call center en Canarias, que creará muchos nuevos puestos de trabajo. Y yo me lo he creído. ¡Anda ya!.

Ha llovido desde que aquel alcalde dijo que la justicia es un cachondeo. Desde entonces, a peor va la mejoría, Panduro dixit. Pleitos tengas y los ganes, maldijo una vez un gitano. Ahora, el ministro Gallardón, que cuenta con toda mi simpatía, ha armado la de Troya con las tasas exigidas para pleitear. No niego que urja mejorar la administración de justicia y que esa sea una de las medidas a considerar. Pero algo ha debido hacer mal cuando se ha armado el sal pa fuera que vemos. La foto de jueces encabezando la manifestación del brazo de Cándido Méndez en la próxima huelga general será apoteósica.

Por razones obvias que conciernen a mi profesión médica, casi siempre eludí opinar sobre la sanidad. Pero los datos conocidos sobre las listas de espera dejan a la sanidad canaria en muy mal lugar. A la cola, para ser exactos. Que en el Hospital de La Palma nadie fuera capaz de detener una huelga del personal de limpieza en 2 semanas exige alguna responsabilidad. El malestar en mi querido Hospital Universitario ha sido creciente durante años, no es cosa de la crisis, y siempre he callado por prudencia. Días atrás acudí a mi anual revisión, cumpliendo todos los trámites, pedir hora, rellenar formularios, etc… Tras extraerme sangre para los análisis, volví para ser atendido por mi médico. Los análisis no aparecieron y tras la inicial consternación y las obligadas averiguaciones, mi sangre se había perdido y tuve que reiniciar el proceso. No es un problema de un pinchazo más o menos, sino lo que tiene de sintomático del deterioro de una situación.