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La trampa – Por Jorge Bethencourt

La falta de liquidez, la agonía financiera y la depresión económica han sitiado a los gobiernos autonómicos. Aquellos que son más débiles han tenido que tragársela doblada acudiendo a los créditos de la Hacienda central que les da con una mano lo que les quita con la otra. Los recortes en los presupuestos se han transformado en préstamos del Fondo de Liquidez Autonómica. O que es lo mismo, dinero sometido a obligaciones. Control centralizado en las cuentas periféricas Pérdida de soberanía para las autonomías.

Los perversos efectos de esta trampa de cuanto peor mejor ya se están viendo en Canarias. El mayor desgaste para los partidos que gobiernan consiste precisamente en gobernar. Muchos socialistas consideran que seguir en el ejecutivo canario es quemarse a cambio de nada. Y gran parte de los nacionalistas creen que este gobierno les va a costar un saco de votos. Esto, en la narrativa contemporánea, se simplifica en nombres propios: esto es, si Paulino Rivero y José Miguel Pérez están discutidos como líderes en sus propias fuerzas políticas. Pero la realidad es que lo que les está matando es administrar el imposible de unos presupuestos catastróficos.

El Gobierno no se ha planteado reformar la estructura de sedes y gastos de las administración autonómica. Hay decisiones -difíciles- que podrían haber liberado algunos millones más para atender inversiones en la sociedad. El precio de no haber hecho esas reformas es que hoy les exijan el dinero de nuevos hospitales (que comprometerían más gastos) o que se les pida el cierre de la televisión pública o la policía autonómica (por los mismos que se niegan a reducir otros empleos públicos menos nacionalistas).

Aquí no se ha reformado nada de lo que se creó a la sombra del ladrillo de oro. Por inepcia y por miedo electoral. Y a esos sobrecostos se les viene a sumar hoy el terrible efecto del grifo cerrado de las ayudas y el recorte en los presupuestos generales el Estado. Lenta y eficazmente, Madrid ha estrangulado de una forma poderosa todas las capacidades de un gobierno que presumía de haber hecho los deberes, de no tener una deuda muy grande y de haberse portado bien en el terreno del déficit. Hay que ser tontos del bote. Como si tuviera algo que ver la gimnasia con la magnesia, la política con el presupuesto.

El Gobierno ve hoy los primeros síntomas de una sublevación interna entre los partidos que le apoyan. Para salir de la trampa no se ha planteado la devolución de competencias o la desobediencia fiscal incumpliendo el déficit, por citar dos disparates. Sólo protesta, se lamenta, se indigna y sufre. Agoniza en una trampa sin salida. Esto no puede seguir así. Y eso supone que si el Gobierno no ofrece ninguna solución se convierte en el primero de los problemas.