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Uno con sentido común – Por Francisco Pomares

Leo ayer unas declaraciones de Asier Antona, actual vicario de Soria en el PP canario que parecen amuebladas por un sentido común a prueba de ideología. No es que Antona nos descubra la polvora, es que -dentro del escaso márgen de actuación y de opinión que permite el asfixiante argumentario obligado del PP y del resto de los partidos, se ateve a decir cuatro cosas sensatas, y la más sensata que la culpa de cómo esta esta región es de todos. Con la clase política instalada en el acartonamiento, el debate sobre las responsabilidades ajenas y la demagogia populista cuando no suicida, con la política jugando a eso, escuchar a alguien que asume su cuota parte de responsabilidad en el sarao resulta refrescante. Y es que si hoy hay algo inútil es este juego inane de mentarse mutuamente. Por desgracia, ese es el discurso en el que parece instalada la política que se hace en Canarias (y la que se hace en Cuenca probablemente también). Aquí nadie es capaz de aportar una solución a ninguino de los problemas que nos afectan, pero todos parecen entretanados para señalar que la culpa es de otros, cuando lo razonable sería aplicar la vieja máxima evangélica de que el que esté libre de pecado tire la primera piedra.

Después de dos décadas ininterrumpidas de gobiernos del mismo equipo político -apoyados la mayoría de las veces por el PP, pero también y ahora mismo por el PSOE- es difícil no corresponsabilizar a todos de que esos años hayan pasado prácticamente en balde, y en Canarias encabecemos todas las listas -todas- de indicadores negativos: paro, falta de formación, fracaso escolar, incultura, listas de espera, pobreza, pobreza infantil, ancianos desatendidos, marginalidad, consumo de drogas, menores embarazadas, obesidad, diabetes… No sólo están mal los indicadores económicos, y eso desvela que la nuestra es una sociedad en la que la política se ha ocupado preferentemente de las grandes inversiones para grandes infraestructuras que al final lo que son es grandes negocios, de cerrar acuerdos ventajosos en Bruselas y Madrid para que los poderes económicos paguen menos impuestos, de recaudar ayudas de estado y subvenciones -dirigidas casi todas al mundo empresarial- y de mantener viva la industria turística. Como contrapartidas social y clientelar, la política fue generosa –mientras pudo- en la cobertura del desempleo y en enchufar miles de paniaguados agradecidos, que hoy viven colgados de la brocha del poder. Pero eso ya no se sostiene. Hay que cambiarlo. Y hay que hacerlo sin perder mucho el tiempo buscando a los responsables.