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A ver si me entienden – Por Luis Aguilera

He oído repetir que nadie se explica lo que hice. Muchos otros quieren hacer lo mismo. Van a ver que no fui el último. Lo que no entiendo es por qué los mayores se agarran la cabeza. Soy lo que ellos me enseñaron.

En un diciembre como este, de las primeras Navidades que recuerdo, mi padre puso en mis manos un regalo grande. “Feliz Navidad”, me dijo. Era mi primera ametralladora. Aunque de plástico, era una imitación perfecta de las que se usan en las guerras. La mía tenía mira telescópica, cargadores y al apretar el gatillo salían ráfagas y se oía el zumbido de las balas. Bueno, no tenía balas sino pilas.

De cualquier manera yo me sentía héroe de película. En otro paquete venía un uniforme de guerrero. A lo Stalone. Lástima que la envidia me echara a perder un poco tanta dicha. A mi hermano mayor le regalaron una carabina de aire y esa sí mataba. Pájaros o ardillas pero mataba. Desde que me conozco en casa hubo armas. La más aficionada era mi madre. En algún momento comenzó a coleccionarlas. Revólveres, pistolas, rifles de asalto. Todavía la veo limpiándolas y ajustándoles la mira. Las tenía a punto. La acompañábamos al bosque para ensayarlas. Alguna vez le oí decir: “Hay un intruso en casa y con él hago hamburguesas”.

Cuando tuve 12 años nos empezó a llevar a la escuela de tiro. Con munición real, qué se creen. Lo que más molaba era jugar a matar figuras humanas móviles. “A la cabeza para que no sufran”, reía el instructor entonces.

Por esa misma época nos enganchamos a los vídeo-juegos. A más enemigos muertos, más puntaje. Yo quemaba mucha adrenalina. Después del bombardeo a esos árabes, y que mis padres tanto celebraron, me encantaba cargarme a terroristas. Debe ser algo bueno. Al propio presidente lo vi por televisión aplaudir la muerte de Bin Laden. En el pueblo la bailamos en la calle.

Pero lo virtual aburre. Cada vez se necesitan emociones más y más fuertes. El vértigo, la destrucción, esa violencia que se desata y no se puede contener. Una droga. Por unos minutos las armas me hicieron sentir real e infinitamente poderoso. Como a mi país.