X
sobre el volcán > David Sanz

‘La punta del iceberg’ – Por David Sanz

   

El Teatro Guimerá acogió la representación de La punta del iceberg el pasado sábado. Escrita por el genial autor palmero Antonio Tabares, la obra de teatro es un retrato brutal de la realidad actual o de una de esas montañas de hielo que van sobresaliendo en el mar de incertidumbres en el que navegamos. Con una sencilla pero ocurrente puesta en escena de Delirium Teatro, la obra avanza a un ritmo veloz, mientras se va enredando la tela de araña de la trama, que trenza las relaciones humanas y laborales en una empresa. A la tensión de un plan de trabajo salvaje, para producir mucho más con menos, siempre bajo la amenaza de la guillotina del despido, se entremezcla un enjambre de relaciones sentimentales frustradas, que hacen todavía más asfixiante la vida en la industria. Es tal la tensión en ese infierno, que ha provocado el suicidio de tres de sus empleados. ¿Qué lleva a una persona a suicidarse? Eso es lo que tendrá que determinar una inspectora, que pese a su aparente frialdad ejecutiva, está también dentro de la red de alta tensión que se vive dentro de la burbuja de la compañía. El suicidio está hoy al orden del día. Víctimas de la crisis deciden voluntariamente cortar el hilo que les une a la vida. Son los síntomas más extremos de un sistema que va a la deriva, mientras sus pasajeros pagan cualquier precio para no ser absorbidos por la tempestad. Un estado de cosas donde el mercado exige, desembarazado ya de cualquier principio moral, el sacrificio humano. Albert Camus, en El mito de Sísifo, reflexionó sobre el que consideraba el más auténtico de los problemas filosóficos, el suicidio, como una de esas realidades absurdas, que proceden de la falta de sentido. En otra de sus obras, Calígula, plasmó aquella sentencia escalofriante: “Los hombres mueren pero no son felices”. Los personajes de Tabares son seres que han borrado de su cuenta de resultados la felicidad para medir su bienestar en términos de productividad. Incluso las relaciones amorosas no se libran de la lógica mercantilista, en la que el amante espera un beneficio más allá de la persona amada. El escritor encierra en esta especie de cárcel las aspiraciones y contradicciones en las que se ve envuelto el ser humano en estos últimos tiempos. Tan solo cabe terminar de la misma manera que acaba la representación: “Señor, ten piedad de nosotros”.