X
Sin complejos>

Los almendros en flor – Por Fernando Fernández

   

En estos días de febrero florecen los almendros y los pueblos de mayor altitud en nuestras medianías se visten de blanco, como la nieve cercana en lo alto del Teide, visible desde casi todas las islas en el amanecer de los días impolutos y trasparentes del invierno que empieza a decirnos adiós. Esa explosión de la flor blanca del almendro adelanta en nuestras latitudes la llegada de una primavera inminente. Allí donde la climatología no hace fácil el cultivo de la papa, antes de percibir el aroma de nuestros pinares siempre verdes, el manto blanco de los almendros en flor es un espectáculo que cada año por estas fechas nos invita al disfrute de la rica flora que gozamos, gracias a nuestra naturaleza única.

La ruta desde Vilaflor a Arona y Granadilla, en Tenerife; los municipios de El Paso, Tijarafe y una Puntagorda parrandera y festiva, en La Palma, o Valsequillo, en Gran Canaria, son lugares de visita obligada, por lo menos una vez al año por estas fechas. En Tejeda, también en Gran Canaria, a la sombra del Nublo que Néstor cantó en una de sus inmortales creaciones musicales, las Fiestas del Almendro en Flor gozan de justa fama y cada año son miles los canarios que suben hasta las cumbres de la Gran Canaria a comer carajacas y a beber vino, acompañados por el timple y la voz de una guitarra, hasta que alguien se arranca con unas folías para cantar a una mujer canaria y a la belleza de nuestra tierra. Tejeda en estos días que hemos dejado atrás, huele a la canariedad de nuestras mejores tradiciones. En su justa medida, sin que nada falte. Hace tres años, invitado por la corporación municipal del cumbrero municipio grancanario, tuve el honor de recibir de manos de su entonces alcaldesa, el Almendro de Plata y disfrutar durante dos o tres días de unas jornadas preñadas de canariedad.

Los recordaba días atrás en La Palma, cuando desde lo alto de El Time admiraba, hacía un lado, el Valle de Aridane a la sombra del Bejenado y Tijarafe, hacia el norte. En ambas direcciones, rodeado por la alfombre blanca de la flor de los almendros. En Tejeda, una mañana de uno de aquellos días de 2010, después del tempranero desayuno y mientras me extasiaba con la inmensidad del panorama, me pareció escuchar la voz del inmortal Alfredo Kraus. El sol aún no había disipado las gotas del rocío y al mirar a uno y otro lado buscando de donde venía aquella voz tan familiar, pude ver la sombra de un almendro. Si, era la misma sombra del mismo almendro o de un almendro cualquiera, ¡que importa eso ahora!, al que Nicolás Estévanez dedicó aquellas estrofas que los canarios recordamos con la cadencia de una oda y, a veces, de un arrorró.
Pasará su floración y nuestros almendros maduraran su fruto para ser utilizado en algunos de los manjares de nuestra gastronomía, heredera de la cultura mediterránea que hace de la almendra uno de sus ingredientes mas característicos. Con todo, ni el gratificante espectáculo de los almendros en flor, ni la expectativa de la cosecha de su fruto por llegar, debe hacernos olvidar que febrero es también un mes que nos trae malos recuerdos. Aquel 23F de hace 32 años, adelantado por quienes simbólicamente aludían a la inminente eclosión de los almendros. Un febrero, también, en el que un vidente ciego, ¡qué paradoja!, previno a César, ¡cuídate de los idus de marzo!, según nos recordó Shakespeare en el mas representado de sus dramas escénicos. Si, los idus de marzo que padecimos en aquel trágico y maldito 2004. ¡Ojito!, que RCB está insomne.