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Barack Obama – Por Luis Ortega

   

Aún con los ecos de las vistosas y multitudinarias liturgias civiles de su toma de posesión, Obama afronta su segundo mandato con el reto de impulsar, sin excusas ni imposibles dilaciones, las prometidas reformas sociales que le llevaron a la Casa Blanca y de acabar con la maldición que, sin excepción, padecieron sus antecesores reelegidos. El primer presidente afroamericano -eufemismo más alevoso que la mención de la raza negra, tan respetable como la blanca o la amarilla- debe mirar hacia atrás y compensar los recortes, temores y omisiones de su primera legislatura con un gobierno firme en los últimos cuatro años que le otorga la Constitución norteamericana. Y debe hacerlo para no caer en el mismo saco que Richard Nixon (que no acabó su cuatrienio por el escándalo del Watergate); que Ronald Reagan (que cayó en picado por el apoyo a los contra y la venta de armas a Irán); que Clinton (que pagó con el impeachment su relación con la becaria Lewinsky); y que Bush II (que arruinó definitivamente su imagen por la invasión de Irak y la crisis financiera transferida a las naciones occidentales), este último tildado como “el peor presidente de la historia”. En su discurso, que recordó los mejores de su brillante campaña de 2008, defendió los valores constitucionales que permitieron a Estados Unidos ser, después de dos siglos, “la nación más poderosa del planeta”, y definió los cuatro ejes de su programa: consolidación de la recuperación económica, reforma migratoria integral, firmeza frente al cambio climático y mayor participación en los conflictos internacionales. En el cuarto punto, aseveró que “no podemos responder a las exigencias del mundo actual con nuestra intervención en soledad. Necesitamos actuar en el escenario mundial con aliados que, en cada caso, compartan nuestros valores y análisis”. Pero su afirmación más positiva, la que le aleja del intervencionismo militar de las últimas administraciones, se concretó así: “La seguridad y la paz duraderas no requieren de una guerra perpetua. Eso no impide que estemos atentos a quienes puedan hacernos daño pero, antes de utilizar las arma, tenemos que agotar los cauces del derecho”. La cuota social de su declaración de intenciones fue un recordatorio solidario “es preciso comprometerse con las esperanzas de quienes viven en la pobreza, los marginados y las víctimas de prejuicios; tenemos que estimular la tolerancia y generar la igualdad de oportunidades, para todos, respetando la dignidad humana y la justicia”. Amén para todos.