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Breve esplendor – Por Román Delgado

   

Aquella mañana previa a que asomara la borrasca, que, por cierto, ya entraba casi sin pedir permiso por el oeste insular, ella apareció reposada y muy bien sentada en el banco del parque, con el único objeto soportado de una carpeta de bachiller que apoyaba sobre muslos forrados de tela vaquera muy apretada. Estaba abrigada, muy protegida del frío, lo que cobraba sentido por la inminente aparición del mal tiempo, que se olía. En el momento en que la observé, destacaban sus manos blancas, desnudas, limpias (sin abalorio alguno), relucientes y bien cuidadas que se hallaban dialogando sobre sensualidad, incluso sin necesidad de agitar los dedos. El día era perfecto para estar en otro sitio si no fuera porque el sol sólo apuntaba a ese lujoso lugar, justo donde ella llamaba la atención al estar plenamente encendida. Miraba al frente, a un recinto infantil novísimo y despoblado de críos y suciedad. Con esa pose hierática, embebida y ensimismada, dibujaba un perfil con puerta abierta al más fascinante salón de belleza. Ocurrió por la mañana y era día lectivo. Estaba sola, distante, queriendo no ver a nadie, probando sus opciones de ser misántropa en un mundo atiborrado de herramientas para la comunicación… Quieta, inamovible y exhibiendo con clase la pureza y naturalidad de su cuerpo presente. Sin duda era su instante feliz, quizás el único cazado desde hacía tiempo, y sabía que esa felicidad en algún momento debía enterrarse. Mientras el sol la miraba de frente, ella jamás se movió. Mantuvo su posición de enamoradísima de la nada, con las manos sobre la carpeta y sin apretar, y ésta sobriamente colocada encima de muslos sumados a vaqueros. El pelo, azabache, con brillo, lacio y largo; sus ojos, dominados por el negro y el blanco, con labios carnosos más abajo, todo según la fotografía de aquel perfil. El sonido festivo de las ramas verdes pasaba inadvertido; también las carreras apresuradas de los mirlos sobre la alfombra de hojarasca. Incluso el cántico de los más insulsos pájaros. La belleza seguía allí conectada al sol, sometida a una cura natural, sin nada ni nadie que la molestara, por el momento, y solo temiendo tener que decir adiós tras el pitido de su reloj de pulsera. Quedaba poco, y se notaba porque ahora sí movía con nervio los dedos.

@gromandelgadog