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El corazón de la vida – Por Víctor Corcoba Herrero

   

La vida, que es una permanente sorpresa en un baúl inmenso de posibilidades, tiene unas partículas básicas que deberíamos cuidar más y mejor, y aquel que no la valora quizás tampoco se la merezca. El agua, el aire y el suelo, junto a la luz y el calor que suministra el sol, son partes vitales para nuestra subsistencia. Lo sabemos, pero a veces se nos olvida. No protegemos lo suficiente nuestro hábitat. Pensamos que somos inmortales y nos comportamos como auténticos leones en una jungla. Sin duda, debemos escuchar más a la naturaleza y dominar nuestros instintos, que para nada favorecen la vida en la tierra. El respeto por el medio ambiente, la contemplación hacia ese entorno, es un valor que contribuye a una vida de equilibrio y sobriedad, algo que se ha perdido en los momentos actuales. Ahí están los diferentes fenómenos de degradación ambiental, que nos recuerdan la necesidad de recuperar esos elementos esenciales para el corazón de nuestra propia existencia.

Todos estamos obligados a cooperar. Multitud de países comparten cuencas hidrográficas. Lo mismo sucede con la mezcla de gases que forma la atmósfera terrestre. Si el aire es inherente a la vida, igual lo son los líquidos. Por ello, es una buena noticia que este 2013 se celebre el año internacional de la cooperación en la esfera del agua, como lo podría ser de otros elementos que afectan al desarrollo sostenible, al cambio climático o a la misma seguridad alimentaria.

Necesitamos intercambiar experiencias, adoptar posturas que confluyan en proteger y preservar el medio ambiente, antes de que los daños sean irremediables en el corazón de la vida.

Por desgracia, la época actual ha castigado duramente esa relación entre el ser humano y la ecología. Ha primado la explotación de los recursos, las tecnologías, sin pensar para nada en lo que nos rodea y que forma parte de nosotros. Sin agua pura, sin aire respirable, difícilmente vamos a poder seguir caminando por este cosmos planetario.