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Deporte y corrupción – Por Juan Manuel Bethencourt

   

La temporada ciclista internacional comenzó hace un par de semanas, pero nadie se ha dado cuenta. Ha nacido muerta, dentro y fuera de España. A escala planetaria, porque el escándalo sobre el dopaje de Lance Armstrong, finalmente confesado a medias, ha acaparado todos los focos. Centrados en acabar con la figura del gran campeón estadounidense, o del gran tramposo estadounidense, los rectores del ciclismo mundial saben que hieren de muerte al propio ciclismo, que sufre otro revés gravísimo sobre el que al final asoma una frase rotunda del propio Armstrong: es imposible ganar el Tour de Francia sin ayuda extra. Esta generalización del mal ya empieza a cobrarse víctimas, en realidad intoxica a todo el pelotón, porque, como ocurre ahora con la política, cuando todo el mundo es sospechoso, cuando todos son iguales, al final no hay culpables. Y el gran dañado es el deporte del pedal, que de un tiempo a esta parte se parece demasiado a una crónica de sucesos, con fiscales, abogados, pruebas periciales, negaciones y confesiones salpicando el escenario y ensuciando el ambiente. Ahora en España la actualidad está gobernada por el inicio del juicio por la llamada Operación Puerto. El efecto tóxico de la trama gobernada por Eufemiano Fuentes anuncia nuevas cepas de contagio, que llegan como no podía ser de otro modo al fútbol, el deporte donde más dinero se maneja. Habrá que ver cómo acaba la investigación sobre las prácticas médicas sospechosas en la Real Sociedad, asunto en el que hay de todo, fundamentos preocupantes y afán de venganza en los despachos, porque la miseria humana tiene la cualidad de manifestarse en todos los terrenos. Eso sí, hay motivos para estar preocupados por la salud de nuestro fútbol, y no me refiero exclusivamente al ámbito médico. Entre las operaciones a escala europea sobre el amaño de partidos, que por el momento no nos tocan, y esa calima pegajosa y maloliente de las apuestas deportivas que todo lo invaden, incluidos los carruseles radiofónicos, uno puede preguntarse en qué clase de negocio se está convirtiendo el deporte profesional. De acuerdo en que esto siempre ha sido pan y circo, para qué nos vamos a engañar, porque el fútbol a fin de cuentas es por encima de todo un divertimento. Pero el dinero, el afán desmedido del mismo, es capaz de estropearlo todo, de socavar la moral del aficionado que busca en el deporte un refugio a una cruel realidad dominada por la corrupción y allí donde espera juego limpio se encuentra con todo lo contrario.

@JMBethencourt