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Despistados – Por Fran Domínguez

   

Mi madre siempre me lo dice: “Eres un despistado”. Y lleva toda la razón, las madres siempre la tienen. El bagaje de mis despistes materiales -mi especialidad- a lo largo de mi vida así lo corrobora: cinco relojes perdidos, dos gafas de vista y sus respectivos estuches, otras tantas de sol, alguna que otra cartera, camisetas de deportes varias, etcétera. Aunque mis despistes son más del tipo descuidos, también aparecen algunos más intelectuales (tal vez sea la edad y tantas cosas en la cabeza), como esta misma semana, cuando comparé en un artículo al ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, con el protagonista de Solo ante el peligro, pero en lugar de Gary Cooper -no me digan por qué, porque la he visto hasta la saciedad, escribí Cary Grant (el pobre de Archibald Alexander Leach -así era el verdadero nombre del actor- nunca hizo un western). Dicen que el despiste resulta una cualidad inherente a los genios -desde luego no es mi caso, ¡líbreme Dios!, mis descuidos tienen poco de eso-; de hecho, hay quien lo considera una máxima. Cuentan que uno de los sabios más grandes de la historia, el científico británico Isaac Newton, tenía una gata que le molestaba continuamente -ya saben, el celo-, y para que no le diera la tabarra con los maullidos, le hizo un agujerito en la puerta, cosa que aprovechó el felino que, al poco tiempo, y como es natural, apareció con descendencia. Newton, ni corto ni perezoso, hizo otros agujeritos en la puerta para que salieran las crías… De todas formas, mis despistes preferidos tienen que ver con los políticos, como el que le ocurrió a un alcalde de estas tierras de Dios, al que le pasaron una nota sobre la obra que estaba presentando -de un conocido escritor y ensayista- y que, en lugar de leer su título, dijo -ante la estupefacción de los presentes- que el texto se llamaba sinopsis… Pero el despiste que más me gusta es el protagonizado por el socialdemócrata alemán Willy Brandt, quien fuera canciller de la República Federal de Alemania y Premio Nobel de la Paz, que en una visita a Israel pronunció un discurso en un centro denominado Mann. Willy Brandt agradeció en público a las autoridades hebreas que esa sala estuviera dedicada al egregio escritor germano Thomas Mann. Al acabar la ceremonia, el director de la sala le comentó al estadista que el auditorio no llevaba ese nombre por el genial autor, sino por Frederik Mann, el financiador del edificio… Brandt, para rematar la faena, le preguntó qué había escrito ese Mann, a lo que el director respondió: “Pues un cheque”… Despistes. Y los que nos quedan…