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‘Dimisión’ inesperada – Por Leopoldo Fernández

   

La inesperada renuncia del Papa Benedicto XVI por razones de salud abre un periodo de indudable importancia en el devenir de la Iglesia Católica. El Papa Ratzinger, de apariencia fría y muy alejado del populismo de su antecesor, ha sido inflexible en materia de fe y costumbres, y la ortodoxia, la rigidez doctrinal, el temor al error y un cierto espíritu inquisitorial han sido una constante de su pontificado. Su profundísima formación teológica ha determinado la mayor parte de sus actividades, encíclicas y escritos, considerados estos últimos como muy conservadores y dogmáticos. Con muchas más luces que sombras, el Santo Padre ha abierto las puertas de la Iglesia a la globalización; ha aventado los escándalos de pederastia para corregir una trayectoria vergonzante de ocultismo y negación; ha mejorado las relaciones con otras confesiones religiosas, salvo el islam -con el que tuvo algún exceso verbal luego matizado-; ha precisado el alcance de cuestiones referidas al infierno, el limbo, los Reyes Magos, los pecados de nuestro tiempo y la representación del nacimiento de Jesús, y ha defendido hasta la extenuación la fe como esencia del cristianismo. Hasta ha introducido para el cónclave el requisito de la mayoría cualificada de dos tercios de los cardenales electores, en lugar de la mayoría absoluta, a partir del 33 escrutinio, a fin de facilitar consensos y avenencias. Por el contrario, sigue en horas bajas el papel de la mujer en la Iglesia y falta autocrítica teológica, además de una mayor comprensión hacia ciertas vigencias sociales de nuestro tiempo, hoy paralizada por temor a aquellas corrientes innovadoras que pueden colisionar con el dogmatismo de la curia vaticana; lo que a su vez ha desatado no pocas intrigas y luchas por el poder, como se demostró tras la detención del mayordomo papal. Así y todo, resulta vana la pretensión de algunos progres relativistas de que deben democratizarse las estructuras de la Iglesia, ya que ésta no puede funcionar con criterios al uso en la sociedad civil, sino con otros más acordes con la naturaleza de su misión, que -no conviene olvidarlo- es la proclamación del evangelio bajo la autoridad del Sumo Pontífice. El poder del Papa no es otro que el poder de Dios. La Iglesia no es ni debe ser palanca política para nada ni para nadie porque su fin es espiritual, aunque es obvio que los cristianos deben contribuir a la construcción de un mundo más libre y fraternal, una sociedad donde el dolor, la injusticia y la indignidad sean combatidas con denuedo. A todas estas tareas deberá dedicar sus mejores esfuerzos el nuevo Papa, que seguramente será elegido el próximo marzo.