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¿El Papa cobarde? – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Eecuerdo perfectamente dónde estaba el día en que eligieron Papa a Joseph Ratzinger. Desde que se convocó el Cónclave, tras la muerte del irrepetible Juan Pablo II, intentaba estar a la menor distancia posible del obispo con el fin de recoger sus primeras impresiones sobre el nuevo Pontífice y transmitirlas a la prensa.

Escuché por la radio que había fumata blanca y corrí desde mi despacho en el Obispado hasta el comedor de don Felipe, único lugar donde veía la televisión (los informativos, en realidad). Allí estaba, pendiente de que el protodiácono anunciara el nombre del nuevo Pontífice. “Os anuncio un gran gozo: Tenemos Papa. El eminentísimo y reverendísimo señor don Joseph, Cardenal de la Santa Iglesia Romana Ratzinger, que se ha impuesto el nombre de Benedicto XVI”.

“No esperaba que fuese él”, fue la única apreciación personal del entonces obispo. Y luego me dictó un texto de agradecimiento a Dios y de apoyo personal y diocesano al nuevo Papa.

Cuando acabé mi trabajo ese día, con tiempo ya para pensar, me atrincheraron todos los prejuicios que los todologos nos habían inyectado en vena en días anteriores contra el hasta entonces guardián de la fe: que si era un retrógrado, que si los movimientos más conservadores iban a hacer su agosto, que si el Vaticano II quedaría aparcado, que si estábamos ante un Papa de transición, un don nadie encumbrado para que otros gobernaran en la sombra mientras se sepultaban las esperanzas puestas en el cambio…

“No estoy contento con este Papa”, creo que fue lo que sentí por dentro. Lo sentimos bastantes, recuerdo. En mi caso, mucho ha cambiado mi visión sobre el Papa en estos casi ocho años de su pontificado.

De entrada, he percibido que es un creyente sincero. Confío en que nadie se rasgue las vestiduras si digo que es algo que ya no doy por supuesto en nadie, de ninguna instancia. Benedicto XVI cree en Dios, vive desde Dios y vive para Dios. Lo que hace, cómo lo hace, lo que dice y cómo lo dice lo confirman. La forma en que se deja envolver por el Misterio es escandalosamente constructiva. A fin de cuentas, de eso va la fe.

Y hay más. Dicen que ha sido un cobarde por renunciar a su cargo. Yo digo por el contrario que los tiene bien puestos: la fe, la esperanza y la caridad, se entiende. Y digo yo que lo cobarde es permanecer a sabiendas de que ha llegado el momento de ceder el paso. Y digo también que es de sabios y de santos ceder el testigo. Y opino también que es un gesto de grandeza inconmensurable tener el mundo a sus pies y dejarse caer a los pies de Dios, dejando que el mundo gire a un ritmo que ahora habrán de seguir otros.

Me gusta este Benedicto de sonrisas a medio camino y manos incapaces de abrirse por completo. Este Ratzinger que ha de luchar a diario contra su natural tendencia a no destacar, a pasar desapercibido. “Permaneceré escondido para el mundo”, dijo esta semana. Y sin poder evitarlo se cerraron sus ojos mientras hablaba, un síntoma de que soñaba ya con la vida interior a la que se abrirá en cuanto le dejemos reposar en Dios.

Cobarde es el que se queda sin merecerlo, sin saber estar, sin querer renunciar al escaparate. No es un cobarde quien ha entregado la vida y ha cambiado la historia introduciendo en la Iglesia un gesto de sensatez que se necesitaba desde hace siglos. No es un cobarde el hombre que un día fue Papa.

@karmelojph