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El estado del planeta (Marte) – Por Francisco Pomares

   

Si no se dedicara a la política y se lo ganara bien (o incluso muy requetebién, según otras cuentas que no son del todo oficiales), Mariano Rajoy podría ganarse estupendamente la vida ejerciendo como mimo. Su intervención en el debate del estado de la nación resultó al final ser una obra maestra en el dominio del arte del silencio: logró pasar por el debate sin contestar ni una vez a la oposición (excepto para reiterar lo del “y tú más”), y sin hacer una sola mención a los asuntos que más preocupan a los ciudadanos: si Rajoy habló de algún país no debió ser de este: no mencionó ni el caso Gürtel, ni Bárcenas, ni los desahucios, ni el colapso del Estado del bienestar, ni la huelga en la Justicia, ni el copago sanitario o la pobreza generalizada, ni la segregación catalana. Sólo habló de que su gobierno ha logrado embridar la deuda pública, a pesar de haber alcanzado en 2012 todos los récords históricos de endeudamiento del país en un año. Y algo del paro, siempre según el guión: “Esa lacra social que etcétera, etcétera”, pero no tuvo lo que hay que tener para decirle a la nación que lo más probable, aunque salgamos a final de 2013 o principios de 2014 de la recesión, es que ni uno sólo de los desempleados de larga duración mayores de cincuenta años que hoy hay en España vuelva a trabajar en su vida. ¿De qué nos hablo Rajoy entonces? Pues habló, y mucho de Zapatero, al que señaló como culpable de todos los males pasados, presentes y futuros de la nación.

El resto fue más bien un sorprendente autobombo sobre el catálogo de supuestos éxitos y aciertos del Gobierno, mientras que el Congreso seguía protegido por barricadas policiales para evitar quién sabe qué reacción de protesta de los ciudadanos.

Sinceramente, me gustaría poder decir que Rubalcaba lo hizo mejor en su respuesta. Pero la verdad es que todo el espectáculo de réplicas y contrarréplicas me pareció más bien irreal, completamente ajeno a las preocupaciones de la gente, una reiteración del “y tú más” que es hoy la política, encadenado al margen de cualquier voluntad de entenderse, una suerte de rito inane dirigido sólo a lograr el aplauso obligado de los de la propia bancada.

Es verdad que hace ya muchos años que el debate del estado de la nación no logra atraer la atención de la ciudadanía, harta de palabras y promesas sistemáticamente incumplidas. Pero lo de este debate -con España rompiéndose por todas sus costuras, las sociales, las económicas y las territoriales- ha sido más bien marciano.