X
nombre y apellido>

Genaro Morales – Por Luis Ortega

   

Desde los últimos días en La Palma para compartir el rito y la alegre fraternidad del Domingo Gordo, previo a los Carnavales, en la plaza de España y el Puente, en la calle Real, que es el nervio central de la ciudad, en la Cosmológica y el Tajurgo, echo en falta la presencia amable, conveniente en su desaliño, y la campanuda voz de Genaro Miguel Morales Díaz (1932-2013), que, para su bien y el nuestro, ganaron espacio y rango en el lugar de nacimiento. El periodista vasco Jacinto Miquelarena dedicó una columna admirable al óbito de un lector -lo descubrí cuando rastreaba en la Hemeroteca Nacional al paisano Sautier Casaseca, pionero de los folletines radiofónicos en la SER -y agradecía al difunto con agridulce humor sus indicaciones y críticas.

Evoco los mediodías de las coincidencias, cuando yo apuraba el último cortado de la mañana y el paisano ya ausente daba buena cuenta de su almuerzo, generalmente en la barra. El saludo era lacónico pero, después de la comida, aquel docente apasionado enumeraba mis últimas columnas y expresaba su asentimiento o disidencia legítimos, con sinceridad y sólida argumentación, con la confianza de la amistad. Fue un hombre curtido en las dificultades y crecido en el esfuerzo, fiel a su ideología, con una vasta cultura y una notable oratoria. En una estancia de trabajo en Puerto del Rosario, me encontré al entonces profesor de Secundaria, compartimos paseo y café y, tras solicitarme, una pequeña espera, volvió con un libro de su cosecha que me obsequió con una florida dedicatoria; trataba de una fabulación sobre el Quijote en la que, por magia del desterrado Unamuno, el Caballero de la Triste Figura cabalgaba por la Castilla Atlántica, embestía los Molinos de Antigua, enderezaba entuertos y reparaba injusticias al norte y al sur de Fuerteventura.

Salvando su tipo, que correspondía más bien al leal Sancho, Genaro era, a su estilo, el héroe cervantino, ajeno a las advertencias de los sujetos convenientes, libre y políticamente incorrecto, republicano confeso, valiente como los limpios de corazón y con la fe de los honestos, que confían en el juicio de la historia. En el microcosmos palmero, maqueta a escala de realidades más amplias, está por derecho y, claro, por sus méritos: una afabilidad innegable, cabal pero aparatosa, y un sentido crítico del patriotismo, ejemplar y necesario. Quedará entre mis inclasificables cachivaches una chapa, comprada en el Rastro madrileño -una alegoría de un lustro español abruptamente interrumpido- que pensaba regalarle a este personaje que se añora en los lugares que le fueron propios.