X
domingo cristiano>

Una Iglesia de gigantes – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

De vez en cuando, la verdad es que no acierto a saber por qué, me sumerjo en recuerdos variados de lo que ha sido mi vida hasta ahora. Me impresiona sobre todo la transformación que han experimentado las personas que se han ido cruzando en mi camino. Claro está que esos mismos cambios u otros similares son los que ven los demás en mí. Pero creo yo que a cada uno le parece siempre que son los demás los que se crecen, envejecen y se transforman más rápidamente.

En esos paseos mentales por ninguna parte hay un aspecto que me cautiva especialmente. Me asombro de mí mismo al comprobar cómo he dejado de admirar a algunas personas que en otros momentos me parecían el ejemplo a seguir. Respeto, siempre, incluso más de lo que algunos se han respetado a sí mismos. Admiración… eso ya es otra cosa.

En el terreno de la fe me sucede algo similar. Para escribir en un tono positivo debo poner el acento al decir que con el paso de los años algunos hombres y mujeres se han ido convirtiendo en gigantes ante mis ojos por la intensa relación con Dios que reflejan sus vidas. Algunos ya no están aquí.

Es eso: me perturba, me remueve por dentro, me interroga hasta el agotamiento la experiencia de quienes viven, conviven y se esfuerzan por el bien de los demás alimentados por la presencia de Dios en sus vidas.

Frente a ellos, percibo también que otros no pocos han mutado en enanos, desprovistos de todo interés ahora que se constata que su único empeño ha sido buscarse a sí mismos. Es curioso cómo la vida va encajando el puzle de las verdades y las mentiras a un ritmo lento pero evidente.

Me quedo con mis gigantes en este segundo domingo de la Cuaresma, camino de la Pascua. Ellos me alientan. Me estremece su capacidad para construir una tienda en medio de la vida ordinaria en la que entran para descansar en Dios sin olvidarse del mundo. Me sacude su lección sin palabras: sólo Dios es grande, no pierdas el tiempo, no busques atajos, no te deslumbres, no camines sin rumbo. Sólo Dios es grande, me dicen sin decir nada.

Creo que el futuro de la Iglesia y de nuestra diócesis se juega en una tienda de campaña. Allí, donde un hombre o una mujer se poseen a sí mismos totalmente al descubrirse habitados por Dios. Allí, donde todo deja de tener sentido ante la serena presencia del dueño de todo. Allí, donde una suave brisa abre la puerta de la tienda para que salgamos a pisar esta tierra hermosa que sigue a medio construir.

Quiero gigantes y no enanos. Me horroriza la posibilidad de que quienes no se hayan encontrado con Dios den lecciones sobre él e incluso se les aliente a poner la mano en el timón, convertidos en ciegos que guían a otros ciegos.

Me he cansado de la demagogia que se encierra en toda propuesta que no pase por la intimidad con Dios como fuente de toda actividad en la Iglesia. Por eso me confieso necesitado de Dios, enano entre gigantes, que busca su rostro.

@karmelojph