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Incompetencia y corrupción – Por Rafael Torres

   

La incompetencia política es por sí sola, en sí misma, una forma de corrupción. Y de las peores, por cierto. El político incompetente, inútil y/o nefasto para en el cargo que ocupa, a menudo no puede evitar, encima, machihembrar su incompetencia con otras formas de corrupción, pues el político que carece de lo que hay que tener para serlo, a saber, formación, honestidad, ideología, integridad, criterio, cultura, empatía, talento y pericia, no es sino un títere en las manos de quienes buscan por cualquier clase de atajos, y no importa con qué medios, la posesión del poder. Y de la riqueza y de la impunidad que éste lleva, para los delincuentes de alto rango, aparejadas. En un país a-democrático como el nuestro, donde los políticos aprenden la profesión en los antros sectarios y oscuros de los partidos, o como mucho en las cavernas de la Administración, la incompetencia es la norma, y lo contrario, la excepción.

La destreza en cualquier oficio, y el de la política lo es, se aprende en la vida ordinaria con su cultivo permanente, y a base de cotejar los resultados con los propósitos. Una sencilla operación de memoria, la que nos permitiría abarcar el estadillo ministerial y de altos cargos centrales, autonómicos y locales de los últimos 30 años, copados fundamentalmente por el PSOE y el PP, basta para comprobar esa aseveración. Un país como España, tan rico, tan potente (en el sentido de potencialidad), tan bien situado en el mapa, tan diverso, tan antiguo, con tanta riqueza de agua, tierra y subsuelo, tan bello, tan razonablemente poblado, con tanta luz y con unos habitantes tan singulares, ingeniosos, trabajadores y resistentes a las inclemencias, no se arruina así como así. La política, a base de no serlo verdaderamente por su lastre autoritario y por no nutrirse de políticos benéficos y verdaderos, cuando no lo ha hecho directamente de bandidos y malhechores, la ha arruinado.