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Infiernos – Por Luis Alemany

   

Una mujer se ha quemado a lo bonzo en una de las oficinas de la entidad bancaria que le había quitado dos de sus casas, y -al parecer- amenazaba con la inminente depredación de su vivienda: la última de sus posesiones inmobiliarias; y no puede uno por menos de sentir una alarmada inquietud ante este arrogante derrotismo suicida que (en última instancia) se inscribe en la sumisa colaboración con un sistema económico (político, ejecutivo, judicial…) al que así libera cómodamente de responsabilidades, a partir de un suicidio que le concede al opresor bancario -al que trata inútilmente de enfrentarse- la prepotente hegemonía, que pone fin a un litigio que ya carece definitivamente de antagonista.

Desde el acratismo (tal vez virulentamente inofensivo) en el que trata de inscribirse uno, piensa que -por el contrario a tal actitud- lo que hubiera debido hacer esa buena señora no era quemarse inútilmente en la oficina de un banco, sino quemar esa oficina, lo cual le hubiera producido a esa entidad perjuicios económicos, que la gratuita muerte de su víctima no le ha proporcionado, lo cual no dejaría de resultar gratificante, al menos para uno; por más que pudiera aducirse -claro está- que actuando así resulta muy probable que la metieran en la cárcel, pero de la cárcel se sale, mientras que ahora la han metido en una caja de pino de la que no se sale; de la misma manera que rechaza uno el suicidio de esa pareja de ancianos amenazada con el desahucio, pensando que -en lugar de esa inmolación- pudieron haber recibido a tiros a los desahuciadores, lo cual hubiera resultado mucho más molesto; con la ventaja, a favor de la pareja de ancianos, de que (dadas sus provectas edades) no podían ingresar en la cárcel, y hubiera resultado muy complejo someterlos al arresto domiciliario, al carecer del domicilio que les habían arrebatado.

Propone el Evangelio que los mansos son bienaventurados, porque ellos verán a Dios, y -de ser eso cierto- con toda seguridad que estos tres mansos suicidas, víctimas de la especulación bancaria, ya deben haberlo visto, y habrán recibido de Él una sanción sumamente reprobatoria, porque el suicidio es uno de los pecados más condenados por el catolicismo, de tal manera que habrán recibido castigo divino por cometerlo; por más que -a estas alturas- no sepa uno demasiado bien si resulta peor ese Infierno demoníaco del más allá, o el Infierno en el que nos sumen los demás atormentándonos: o bien después de la muerte, como propuso Jean-Paul Sartre en una comedia, o amargándonos la vida hasta hacernos desear su abandono.