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Joaquín Castro – Por Luis Ortega

   

Dentro del programa carnavalero, Castro San Luis plantea una sugestiva oferta con la visión de diecinueve artistas que, con anterioridad y por decisión propia, fijaron instantáneas de unas fiestas reveladoras del carácter ingenioso y alegre del pueblo santacrucero. Con probada vocación y admirable constancia, con varios libros especializados y larga presencia en este diario, el crítico, que ha comisariado exposiciones individuales, colectivas y temáticas, en esta ocasión, con buen criterio y escasos medios, eligió los valores de unas celebraciones incardinadas en el calendario y la memoria sentimental, con elementos propios e influencias externas pasadas por el determinante tamiz insular. La selección de plásticos, pintores -en su mayoría- y fotógrafos obedece tanto a criterios objetivos, con nombres imprescindibles de esta hora, como a la generosa apuesta de Joaquín por veteranos, recuperados para la causa, y noveles que, con incuestionable valentía en época de penurias, se abren paso a trompicones.

El resultado es un mosaico que incluye reconocibles y contrastados estilos (como Manuel Tegeiro, Felipe Hodgson, Manolo Sánchez, Rivas Lara, Julio Padrón, Hugo Pitti, Pastora Izquierdo, Ana González, Portero); tanteos experimentales en pos de expresiones definitivas (Mariví Tavío, con su peculiarísimo naif, García Ramos, Eduardo Yanes, Garrido, Díaz Ruiz, Esplugas); y primorosos logros de Miguel González, tanto en aguadas -tocadas por la sutileza de la intemporalidad, entre el desván y el exigido realismo modernista- como en dibujos magistrales que, tal como en el manierismo, declaran su condición de obras mayores; de Cristóbal Garrido, cuyas naturalezas muertas, audaces en la composición, parecen la norma de su imparable ascensión dentro y fuera de las islas; y de Begoña Marmoyer, una pastelista a cuya calidad sin cuestión se une la virtud capital de los creadores: la portentosa facultad de apresar en sus mundos personales los asuntos de fuera, reflejados unas veces con la zurbaranesca humildad de las gentes y afanes cotidianos, otras, con el boato sensual de los epígonos barrocos, en retablos de aura mágica, donde los dinámicos retratos corales son, además, imágenes personales, gestos singulares en una armónica celebración de los sentidos. Resaltamos también, porque es de justicia, el solícito interés de Castro San Luis, una excepción en el páramo que asfixia la cultura y, de manera especial, las artes plásticas, a quien se debe la oportuna iniciativa.