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Lo que queda después del debate – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Que yo recuerde, de ningún debate sobre el estado de la nación han salido acuerdos de Estado o pactos de alto interés nacional por la sencilla razón de que nuestros políticos, más que afrontar responsabilidades y acercar posturas para tratar de resolver los problemas, casi siempre han tratado de evitar la autocrítica y eludir sus obligaciones en un intento de hacer caer sobre el adversario todo tipo de culpas e incapacidades, en lugar de sumar esfuerzos para aportar ese mínimo de racionalidad y buena voluntad con la que encarar las dificultades.

Contra toda lógica, este cruce de reproches se impuso en el pasado debate en lugar del deseable intercambio de propuestas para llegar a unos pocos consensos básicos, que debería ser el norte de todos los duelos parlamentarios, más aún cuando la angustiosa situación del país -institucional, política, económica, social y aun moral- así lo aconseja. En esta ocasión ya se sabía que, para la oposición, las manifestaciones de corrupción a que venimos asistiendo en los últimos tiempos iban a centrar preferentemente todas sus acusaciones; pero cabía esperar algo más porque al final, con las posturas apocalípticas de unos portavoces parlamentarios y las incapacidades y demagogias de otros, Rajoy quedó como un político realista y prudente que, con la que está cayendo en su partido, hasta se permitió apuntar ideas para erradicar la corrupción.

Así y todo, los contactos que mantienen los siete grupos parlamentarios para acordar diferentes propuestas de resolución y mociones ante el pleno del Congreso del martes próximo -a modo de continuación del de los días 20 y 21-, deberían culminar con unos acuerdos mínimos entre los grandes partidos nacionales sobre los principales problemas del país, es decir, el paro, la crisis económica y la lucha contra la corrupción en todas sus formas. Según se comenta en los ambientes parlamentarios, la mano del Rey llegó a Rajoy y a Rubalcaba antes del gran debate de esta semana para tratar de rebajar tensiones y desencuentros y propiciar acercamientos que son de interés nacional. Por encima de coyunturas y errores puntuales, la mediación de la Corona y su sentido moderador e integrador resulta muy necesario cuando la calle se ha convertido en hervidero de protestas y la ciudadanía se muestra desencantada con sus representantes públicos.

RAJOY, ERRE QUE ERRE
Durante su intervención en el Congreso, Rajoy demostró que no le tiembla el pulso y que tiene muy clara su hoja de ruta aunque ésta siga vías impopulares y austeras en aras de la consabida sacralización del equilibrio presupuestario y la creación -ahora que ya parece posible, con la consolidación bancaria prácticamente cerrada y sin solicitudes de rescate que nos habrían llevado a sacrificios y sufrimientos a la griega- de unas mínimas condiciones para generar actividad económica. De modo que pymes y autónomos puedan tener acceso al crédito o a diversas fuentes de financiación, y lo mismo las familias, para así poder empezar a crear empleo. Esa determinación del jefe del Gobierno ya se ha plasmado en muy importantes acuerdos del Consejo de Ministros del viernes, así que los emprendedores parecen satisfechos porque algo empieza a cambiar en el panorama económico y parece que la esperanza podrá imponerse al pesimismo.

En el dominio de la corrupción en todas sus formas -espionaje, abusos de poder, mordidas a la mejicana, manipulación de contabilidades, amiguismos, opacidades, fraude fiscal, etc.-, los partidos políticos están obligados a adoptar nuevas y rigurosas medidas jurídicas, políticas y administrativas. La calidad democrática y el propio crédito del país así lo exigen. Es urgente reconducir la situación, predicar con el ejemplo y hacer de la Ley de Transparencia y del Código Penal unos muros infranqueables contra los desvergonzados que, individualmente o a través de empresas y sistemas de ingeniería financiera, defraudan a la ciudadanía, lo mismo que hacen quienes acuden a la política para enriquecerse y favorecer a sus amigos. Todo el que depende de fondos públicos, desde la Casa Real a la empresa más modesta, debe dar ejemplo de probada honradez y transparencia. De ahí que, precisamente por la ausencia de limpieza y la abundancia de escándalos, no resulte tan sorprendente que nuestros propios compatriotas perciban a España como un país más corrupto que Grecia, Marruecos o China, por ejemplo, tal y como revela una reciente encuesta.

En esta línea, y al margen de lo que diga la Justicia, el Partido Popular tiene que aclarar el asunto Bárcenas de arriba abajo, nada de dar largas al asunto o pasar de puntillas sobre él, como hizo Rajoy en el debate. No vale seguir escondiendo la cabeza bajo el ala cuando cada dos por tres se conocen nuevas irregularidades y el caso se mueve entre sospechas, rectificaciones, chantajes y escándalos. En el fondo se trata de dilucidar si el PP se financió o no al margen de la ley, si su antiguo tesorero incurrió o no en prácticas prohibidas y si algunos dirigentes se beneficiaron o no de retribuciones fuera de regla. En cuanto al sinvergüenza de Bárcenas, veremos lo que mañana declara en su comparecencia judicial ya que hasta ahora ha estado jugando al despiste y quizás a la extorsión.

EXCENTRICIDADES, AUSENCIAS Y EXCESOS
Del debate sobre el estado de la nación, en el que todos coinciden Rajoy se creció y fortaleció frente a un Rubalcaba en horas bajas y con un partido dividido -por no hablar de los dislates del líder del PSC al pedir la abdicación del Rey-, más que la abundancia de datos y la solidez de los argumentos del presidente del Gobierno, me llamó la atención que algunos asuntos quedaran fuera de la discusión. Por ejemplo, la política exterior, sobre todo el conflicto en ese patio trasero de Europa que es el Sahel. Y la política de Defensa, que necesita un repaso porque se está dejando al Ejército en mantillas. Y la de seguridad interior. O la política energética. Y la reforma del sistema electoral. Y los desahucios. Más la deriva independentista catalana y la permanente deslealtad del Gobierno de la Generalitat, que reclaman decisiones solemnes y terminantes para las que el país debe estar preparado.

Algunas excentricidades, por calificarlas benévolamente, como la apertura de un proceso constituyente, dejaron a varios líderes a los pies de los caballos. Un partido serio como UPyD no puede proponer saltos en el vacío en unos momentos tan delicados; que lo haga ICV, caracterizado por extremismos y salidas de pata de banco, no puede sorprender; pero sí, y mucho, que sea Rosa Díez quien lo exponga. Tampoco parece lógico el radicalismo dialéctico con que Ana María Oramas acompañó su discurso. Para plantear al Gobierno reclamaciones no se precisan afirmaciones descalificadoras, ni llevar la oratoria a formas y extremos inusuales en esta diputada, menos aún en momentos en que los gobiernos central y canario, y los partidos que los sostienen -lo mismo en Madrid que en el ámbito autonómico-, parecen haber asentado unos principios básicos de entendimiento sobre cuestiones del máximo interés para los canarios.

En definitiva, un debate más con apenas unos pocos puntos de interés, sobre todo en materia económica, en momentos muy delicados para el país, necesitado de ganar crédito y confianza. Han faltado propuestas imaginativas e ilusionantes y acuerdos que demuestren que los partidos son capaces de olvidar diferencias, ganar crédito y trabajar todos juntos por el bien de los ciudadanos, al menos en materia de desempleo y combate de la crisis. Unos ciudadanos que reclaman en la calle ayudas para los más necesitados, el mantenimiento de la cohesión social, menos ajustes draconianos y generación de empleo. Que ya no aguantan más ante tantas carencias y recortes. Y que seguramente desearían que el jefe del Gobierno se acercara más a ellos para llevarles -más que ingenio dialéctico, buenas palabras y una oportuna batería reformista- consuelo, afecto y cercanía, que también deben formar parte del mejor ejercicio del poder.