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Miguel Ángel Díaz Palarea – Por Luis Ortega

   

Fue despedido por una multitud de amigos de todas las geografías físicas, sociales y políticas; por afectos captados en la coincidencia y en la disidencia; por gratitudes hacia su inteligencia y entrega. En la presentación de una antología de leyendas, con textos suyos y míos junto a otros autores, le conté las claves de San Borondón, la isla deseada y fugitiva que, paralela a las leyendas artúricas, sobrevivió al Medievo y, transformada y pujante, se asomó al Renacimiento como promesa de nuevas oportunidades para el hombre. Canarias, como introito de América, y ésta, como metáfora de un mundo nuevo, fueron coetáneas en su descubrimiento con la redacción de Utopía, la obra de Tomás Moro que alentó las ilusiones de los pobres y los desposeídos, los justos maltratados, los soñadores proscritos y los limpios de corazón. Cuantos acudimos al duelo civil que había dispuesto, cuantos saludamos a su compañera y hermanos, cuantos sacamos un recuerdo de los labios en la espera, lo hicimos persuadidos del adiós de un personaje singular, de un utópico confeso que pagó alto precio sus cuotas de libertad y de sueño, de un disconforme que nunca cayó en la resignación y que nos recordó que, en cualquier posición, la resignación no cabía en los seres libres. En su bufete cálido y abigarrado, tocado por su estilo bohemio y sus viejas pasiones – la literatura y la pintura – habitaban telas de Zuppo, un artista excepcional, que guardó muy dentro sus ambiciones espirituales, trabajos suyos y libros, muchos libros al margen de los manuales y textos de oficio. Allí le dejé una versión castellana de O conto de Amaro, los viajes fantásticos del fraile de ese nombre – en plena correspondencia con el santo irlandés – incluido en los Códices Alcobaçenses que se guardan en la Biblioteca Nacional de Lisboa – y allí, entre el intercambio de frases sobre un pleito perdido pese al aval de la razón, todos entendimos la fuerza de la utopía que, desde su honrado independentismo, alentaba todas sus facetas vitales; desde la formulación de la sociedad ideal a su valoración frente a realidades mezquinas, que es la fuerza para vencer los obstáculos; desde el juicio crítico, que mide las distancias entre deseo y realidad, a la esperanza, virtud exclusivamente humana, que permite imaginar mundos mejores. Miguel Angel Díaz Palarea (1952-2013) deja tras sí la huella del profesional competente y, aún más, la huella imborrable de una persona de fe en la condición humana, en sus logros y en sus metas.