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La novísima enseñanza de Benedicto XVI – Por Víctor Corcoba Herrero

   

Benedicto XVI es un hombre de luz. Hasta en su renuncia se percibe la sensatez y, por ende, una novísima enseñanza, que no será la última. Ya no se ve en condiciones de desempeñar el ministerio petrino, con el tesón que éste requiere, y opta libremente por retirarse. Lo hará en silencio para mejor favorecer el recogimiento, la escucha del Creador y, entrar así, en perenne meditación. Se recluirá en un espacio cerrado, pero abierto a la luz de la vida. Sólo desde estos miradores de paz es posible reencontrar la visión espiritual que el alma necesita. A veces andamos demasiado cegados por las cosas de la tierra y es fundamental dirigir la mirada hacia nuestras habitaciones íntimas, hacia las cosas que nos sosiegan interiormente, nos calman y tranquilizan. Nosotros mismos, precisamos, quizás más que nunca, en medio de la palabrería de nuestro tiempo y de la ordinariez ambiental que nos deja sin aire, interrogarnos y escuchar el corazón. A mi juicio es vital cuidar el silencio. Sólo así podemos percibir el susurro de una brisa suave y el abecedario del camino.

Tenemos que hacer presentes las palabras esenciales en nuestro caminar, que son aquellas que nos llenan y nos liberan de ataduras. Recordemos que las palabras de Jesús surgieron en su silencio en la montaña, como dice la Escritura, en su estar con el Padre (en silencio). Sin duda, el teólogo Joseph Ratzinger sabe que el silencio y la contemplación lo aguardan. Me da la sensación que lo desea como nunca, en un momento como el actual, desbordado por los ruidos. Al fin y al cabo, todos necesitamos reflexionar sobre todos. Benedicto XVI, tras haber orado durante mucho tiempo y haber examinado su conciencia ante Dios, decide cambiar las loas y también las críticas de un mundo al que le cuesta discernir lo importante de lo accesorio de esta vida, por el silencio entretejido de oración constante, llena de confianza, que él mismo ya meditó, en su visita pastoral al Pontificio Santuario de Pompeya, al rezo del Santo Rosario: “De forma análoga a lo que sucede con los Salmos cuando se reza la liturgia de las Horas, el silencio aflora a través de las palabras y las frases, no como un vacío, sino como una presencia de sentido último que trasciende las palabras mismas y juntamente con ellas habla al corazón”. Será, bajo ese manto de soledades y silencios vividos y compartidos de liturgias, en el que más lo vamos a recordar, por su comportamiento colmado de coherencia viva. Su actitud de renuncia meditada, cuando las fuerzas físicas empiezan a declinar, es todo un ejemplo de rectitud. Va a estar en otra misión, tal vez más silenciosa o más silenciada, ayudándonos a profundizar en las cosas invisibles, en las cosas del alma, incluso sin tener que ofrecer demasiadas explicaciones, en ocasiones los gestos dicen más que los lenguajes.