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después del paréntesis > Domingo-Luis Hernández

Pena de muerte – Por Domingo-Luis Hernández

   

Se aplazó hasta el 3 de abril la ejecución que el pasado martes, a las 18 horas, habría de llevarse a la tumba a Kimberly McCarthy. Era una adicta al crack y, según consta en la sentencia, tuvo la infeliz idea de violar el hogar de su vecina, Dorothy Booth, de 71 años en 1997, para robar a causa de su dependencia. La mató a puñaladas, empeñó joyas y usó las tarjetas de la víctima para comprar drogas.

En rigor, ningún crimen arbitrario debe quedar impune. Incluso es un perjuicio el atenuante de mujer en estos casos. Pero que una sociedad en la cúspide de la civilización ajuste su provenir con la pena de muerte es monstruoso.

Severidad es el soporte, al que no quisieron plegarse ni el gobernador republicano de Texas ni el Tribunal Supremo. Hasta que a pocas horas del final un juez se interpuso. La defensa ha de presentar los alegatos oportunos contra un jurado de blancos. Pero queda la sombra del rigor que acompaña a esta historia. Aunque enferma, la antigua terapeuta de un asilo de ancianos no está libre de culpa. Y el delito público impone en EE.UU. el castigo, sin misericordia.

Kimberly McCarthy fue la mujer en otro tiempo de Aaron Michaels, un político local de Milwaukee que en el año 1989 fundó el New Black Panther Party. Su lucha contra los blancos en la ciudad de Dallas asumía una premisa, a la par de ideológica: empleo para los negros.

La igualdad define la protesta negra en EE.UU. Es lo que se expandió desde la abolición de la esclavitud y que modernamente da con Obama en la presidencia de la nación, a pesar del oprobio que tal desmesura de la democracia cause a los que se consideran dueños del país. Se atiende a ese dictado por lo que fueron las Milicias de la Pantera Negra. Y Aaron Michaels es/fue un activista consecuente. En esa destrama de la historia participó una mujer que pende del hilo de la vida en una prisión de Texas.

Luego, lo privativo de la lex, la ley escrita por los hombres, no es aclarar la caída en el abismo de los seres humanos; es reafirmarse. No hay clemencia para los extraviados, si los extraviados delinquen; no se tiene en cuenta ningún atenuante que contradiga semejante firmeza. La mujer (negra) mató y no es un privilegio explicar su tormento, su desajuste.

Dicen que Cristo dijo que quien estuviera libre de culpa tirara la piedra el primero. Eso no se interpreta como un intento del Hijo de Dios por arrebatar el poder a quienes creen ostentarlo de manera absoluta (cual le ocurre al gobernador republicano de Texas o al Tribunal Supremo de EE.UU.); se tiene por razonable en tanto los hombres somos imperfectos, incluso indefensos frente a la excelencia que hemos ideado de Dios.

Es decir, la lex confirma, aunque sus veredictos resulten exorbitantes. De donde, si un trastorno de la personalidad no es un paliativo para el asesinato legal de un ser humano, no es que el resto de los mortales seamos inclementes; vivimos al amparo de los derrumbes de otros, nos castigamos por los pecados que expulsamos de nuestra conciencia a los pies de los desdichados. En definitiva, nos aplasta la soberbia de considerar el perdón como un quiebra, como un perjuicio, como un descrédito.

Kimberly McCarthy acaso morirá el próximo 3 de abril por una inyección letal. No es una excepción: más de 3.000 condenados esperan en EEUU semejante severidad en los famosos Death rows, los corredores de la muerte.