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Por todos – Por Alfonso González Jerez

   

Roger Senserrich suele decir que la reforma educativa del ministro José Ignacio Wert está inspirada en una profunda nostalgia por las aulas de los años cincuenta. “Vistos los pilares de la reforma”, apunta Senserrich, “creo que puede suponerse que Wert añora el sistema educativo de los años cincuenta y lo considera un modelo: al fin y al cabo, él pasó por ese sistema y llegó a ministro y todo”. No hay en toda la literatura académica y en los datos empíricos acumulados nada que avale puntos básicos de la reforma ministerial, como adelantar un año la elección entre el bachillerato o la formación profesional de grado medio, la dualización de la FP o el blindaje a los centros que practican la segregación sexual. Lo peor de las reformas educativas erróneas -y la impulsada por el Partido Popular lo es conceptual, técnica y procedimentalmente- es que su efecto destructivo no resulta inmediatamente apreciable. Si esta reforma (rara avis en toda Europa como indica cualquier estudio comparativo) prosperase y permaneciera en el tiempo su impacto en la productividad científica, en la capacitación técnico-profesional y en el mismo PIB español no resultaría perceptible antes de quince o veinte años. Claro que combinada con las brutales restricciones presupuestarias ahora en curso en el sistema educativo y la investigación científica y tecnológica -esa asfixia financiera que el propio ministro ha jaleado cínicamente como un motivo de estímulo para una gestión más eficaz- la reforma de Wert se convierte, en realidad, en la peor amenaza que le ha caído encima a la educación pública en este maltrecho país en los últimos treinta años.

Anteayer unos 300 alumnos marcharon por las calles de Santa Cruz para expresar su rechazo a los planes legislativos de Wert y su equipo, que en ningún momento han transigido en abrir una auténtica negociación con la comunidad educativa, y se han permitido incluso gestos de burla, desprecio o indiferencia cerril. Debieron ser muchos más, como ocurrió en otras ciudades españolas, pero los estuve observando un instante, agrupados en la plaza Weyler, con una veintena de policías muy cerca del cogote, y pensé que esos 300 pibes y pibas, trescientos adolescentes que se estrechaban las manos y sonreían irónicamente, con el punto de escepticismo justo ante su propia protesta, no se manifestaban únicamente por sí mismos, para sí mismos, sino por todos y cada uno de nosotros, por todos y cada uno de nuestros hijos y nuestros nietos mientras arrecia el frío del más tenebroso invierno.