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Ralea – Por Alfonso González Jerez

   

Hace unos días una diputada se dirigía al Parlamento de Canarias para asistir a una comisión. La diputada en cuestión jamás se ha visto envuelta en ningún escándalo ni han recaído nunca sospechas sobre su actuación política. En una esquina, como un chorro de agua que brotara limpiamente de un retrete, aparecieron los rostros desencajados de varias señoras cincuentonas. La diputada, estupefacta, advirtió que se dirigían a ella: “¡Sinvergüenza, ladrona, vividora!”. La diputada se detuvo unos segundos, los suficientes para comprobar que había sido un error hacerlo. Con las venas del cuello hinchadas las ciudadanas -un surtido de damas mesocráticas que probablemente se había reunido para tomar un cortadito mañanero- continuaban ululando como posesas y señalándola con el dedo. La diputada apretó el paso pero los gritos continuaron un buen rato. Y las indignadas señoras, por supuesto, volvieron a indignarse: “¿Pero has visto cómo ha salido corriendo? No tienen vergüenza, no tienen vergüenza”. Los diputados, cuando no andan por la calle, demuestra que no tienen interés por esa elástica abstracción, la vida real; cuando se trasladan moviendo las extremidades inferiores, es que no tienen vergüenza. Si usted, al leer el párrafo anterior, ha asentido en algún momento, es que forma parte de una mayoría creciente y lo entiende perfectamente. Como echar a la gente de las manifestaciones. Por fortuna ya disponemos de personal autorizado que reparte el derecho a manifestarse que, por cierto, es un derecho constitucional individual y no sometido a condiciones colectivas: soy yo quien me manifiesto como ciudadano, no como militante de un partido, una plataforma o un equipo de bolas y petancas. Pero, ¿qué interés tiene ya la Constitución, si los que tienen ahora treinta o cuarenta años no la votaron? Como puede verse los argumentos imbéciles son ilimitados y todos respaldan una mística maniquea y adolescente de quien tiene toda la razón, solo la razón y nada más que la razón. De esta manera, cuando un eurodiputado como López Aguilar, a cuya lista votaron más de 6.100.000 ciudadanos, es insultado en una manifa y debe retirarse para no ser agredido, se está consiguiendo purificar la protesta con el lúcido exorcismo del abucheo. Ah, esas manifestaciones durante el Bienio Negro, en la Segunda República, en la que terminaban atizándose socialistas, anarquistas y comunistas. Al final llegaba la policía del Gobierno de Lerroux y aporreaba a los vencedores, a los que habían dejado claro, a patadas y puñetazos, que la protesta era suya y bien suya.