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La realidad – Por Irma Cervino

   

El inspector Chinea lleva varios días sin pasar por el edificio. Lógico. Una semana le bastó para darse cuenta de que, en esta comunidad, hay cosas que no se hacen bien. Y no me refiero solo a que Carmela tire el agua sucia de las escaleras a la calle o que Francisco José trabaje en el ascensor sin tener carné de manipulador de aparatos elevadores. ¡Qué va! Si solo fuera eso…
Me da que Chinea agotó las hojas arrugadas de su libreta amarilla y volverá, más pronto que tarde, con una multa a la que tendrá que hacer frente don Prudencio, como propietario único de este edificio, aunque cierto es que el pobre hombre no está ahora para más disgustos después de la frustrada boda de su hija.

Dada la complicada situación generada tras la visita inesperada del inspector inmobiliario, el tesorero decidió reunirnos a todos para contarnos “la realidad de las cosas”. Miedo me dio escucharle decir eso de la realidad. Hay tantas que vaya usted a saber a cuál se refiere. Nos comentó que, en este edificio, todo está mal desde el principio porque los vecinos vivimos de alquiler, con lo cual no es lógico que hayamos constituido una comunidad de propietarios. A Úrsula casi se le estalla la vena del cuello al entender que su presidencia es un fraude y trató de suspender la reunión pero los Padilla en peso le cayeron encima con gritos y aspavientos para que dejara terminar al tesorero.

Don Juan explicó que para que la comunidad sea legal debe estar integrada por propietarios y ninguno de nosotros lo somos, “así que la única solución es convertirnos en ellos porque, de otra forma, estamos incurriendo en delito”, aclaró. No sé si fue la vena o la rabia pero, al oír estas palabras, a Úrsula le dio tal arrebato que empezó a gritar desaforada y tuvo que ser atendida por su hermana Brígida y Bernardo, el taxista, se ofreció a hacerle la respiración boca a boca. En realidad, la mujer no necesitaba oxígeno sino sacar el mal aire que tenía dentro. Después de dos horas de debate, y con Úrsula despeinada a causa de las rachas de viento que le había propinado su hermana agitando incansable el abanico chino, el tesorero concluyó que constituiremos una comunidad con todas las de la ley, aunque eso signifique que tengamos que comprar el piso en el que vivimos. En breve, don Juan llamará al propietario para exponerle la “realidad” de la situación. Sin duda, él es quien tiene la última palabra. “Si no está de acuerdo, habrá que disolver la comunidad”, advirtió el tesorero. En ese momento, Úrsula se desmayó y, desde entonces, no sale de casa. Brígida dice que su hermana está muy disgustada con la posibilidad de que pueda perder su cargo de presidenta. Yo con lo que estoy disgustada, tocada y hundida es con la idea de tener que comprar un piso que no quiero en propiedad. Esa es mi realidad.