X
emociones >

Relaciones – Por Domingo Negrín Moreno

   

Los pájaros que revolotean en las entrañas de la cabeza humana no son tan tontos como se intuía. Su cerebro es un avanzado centro de procesamiento, similar al de los mamíferos. La habilidad de las aves para aprender canciones, imitar el habla, utilizar herramientas y contar pone en evidencia a los monos de laboratorio.

Unos primates fueron los que enseñaron a investigadores de Pittsburg el gen del primer beso, que suscita la pubertad mediante una reacción en cadena de mensajes químicos. Precisamente, una misteriosa sustancia aislada del sudor de las adolescentes induce al romance. Muchas de las mujeres que probaron un perfume mezclado con un compuesto de feromonas atestiguaron impetuosos deseos de acariciar y besar a sus parejas. Pasión y reproducción están virtualmente al alcance de la inteligencia artificial. Un visionario diseñó una serie de cromosomas (catorce) para la fabricación de robots con personalidad. El código informático dota a las máquinas de la facultad de sentir felicidad, tristeza, miedo, sueño o hambre. Entre eso y la técnica genética de convertir simios gandules en adictos al trabajo, ¡vaya futuro nos aguarda! Es un sujeto excepcional. Su dinamismo resulta asombroso: camina, saluda, baila y agarra objetos con soltura. Raro en un ser de tales características, eructa y se tira pedos.

Robosapien no se comporta como la mayoría de los humanos; sí con los que practican un lenguaje cavernícola, silban y emiten pitidos. Este juguete ingeniado por un inventor que compitió con otros 130 artículos en un concurso británico mide 35 centímetros, la mitad de esa altura o dos metros e incorpora siete motores que funcionan con pilas de 20 horas de autonomía.

El peluche que me acompaña es mucho más humilde. Me inspira ternura y no se avergüenza de mí (o eso creo). A veces encuentro menos sencillo relacionarme con gente a la que aprecio y admiro. Mi mascota abraza un secreto…