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Retiro provisional – Por Román Delgado

   

Junto a un oloroso y sabroso café, primero atrapado por el olfato y luego bebido a pequeños sorbos, para evitar que llegara el momento de su inexistencia, no sé muy bien si tirar de Luis Bárcenas o si casi será mejor pensar en el tinto casero de los altos de Santa Úrsula, o de La Orotava (que el guachinche estaba en la linde y no sé bien), que este domingo pasado disfrute de forma plena en una tarde que transportaba belleza por todos sus poros. Ni Bárcenas ni Urdangarin ni Tomás Mesa… Ni partidos ni políticos ni ministros ni concejales… ¡Me niego! Aquel vino y la mejor compañía me hicieron olvidar esas cosas vulgares del día a día, esa comidilla ácida que hora tras hora entra por las rendijas para dejarlo todo apestando.

Así que hice bien al advertir que, en vez de hablar de todo tipo de abonos, lo mejor era tirar de las novelas que uno tenía del otro y el otro de uno, y sobre todo convencer a los demás comensales de por qué era importante no hacerse el despistado con estos objetos, que, si uno se hace el loco, el que recibe la literatura se arriesga a no tener más del que la ofrece, y si el que da sabe prestar, está claro quién sale perdiendo: el que va de listo. Bueno, que sepan que este no era el caso. Gracias a esas tonterías, al ambiente familiar, al día inmejorable que se había invitado solo y a la compañía de algunos animales (los de verdad, los indefensos), fue fácil no recurrir a tanto bergante que hoy aflora en este país de chochos y moscas, y nunca mejor dicho. De esta manera sencilla, logré pasar de toda aquella chusma para dar paso a proyectos que siempre son incumplidos, pero que, como el buen café, resultan un verdadero placer olfatearlos. Y a los libros que están y también estuvieron, como aquellas magníficas obras que el amigo Vicente se atrevió a decirme que tenía en su casa: El vano ayer, de Isaac Rosa, y El abrecartas, de Vicente Molina Foix. Fue hablar de estas novelas y rememorar los buenos momentos, los momentos placenteros que dieron esas lecturas: magia y a la vez envidia cochina. Por la historia, por cómo ésta se cuenta y por cómo todo queda envuelto en papel de regalo. Ya preparo dos nuevos libros para Vicente, que así recupero ésos. Él aún no me ha pedido Nieve, de Orhan Pamuk, que yo soy el que lo tiene y el domingo escurrí el bulto. Ahora lo abrazo, aunque sé que pronto será de él. Siempre a cambio de otro.

@gromandelgadog