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Sentir al hambriento – Por Domingo J. Jorge

   

Lo que escribo no es para aliviar mis culpas, sino para que nos paremos y nos pongamos en la piel del que pasa hambre. Y es que en esta Laguna nuestra hay vecinos, personas, que no cuentan con nada para poner en la mesa a los suyos. No les llega agua a casa, no pueden encender la luz, porque los recibos fueron devueltos, y ya la compañía no les suministra electricidad. Es decir, en esa familia se respira el hambre y el padecer.

Por si no se lo creen, les pongo un ejemplo vivido el martes pasado. Una señora de unos treinta años, madre de una niña de once, y con otra criatura en su vientre que nacerá en cuatro meses. El único sustento con el que cuenta es el que le da Cáritas, un vale de alimentos para realizar la compra por unos 50 euros, y la bolsa de comida que se le entrega en la parroquia, casi semanalmente. Su marido en paro y ella, en su estado, no logra ningún tipo de contrato.

Lo duro es cuando esta joven se acerca a hablar contigo en la parroquia, en San Miguel de Geneto -lo mismo está ocurriendo en el resto de parroquias, lo nuestro es un caso más- y no sabes qué hacer. No somos fríos administradores que le entregamos el vale y “señora, vuelva usted la próxima semana”. No, sientes su hambre, y la de su niña, y la de su familia. No hay mentira en sus palabras, te relata la verdad.

La frase se repite una y otra vez, “pero es que no tengo a nadie que me ayude. No sabemos qué hacer”. Tú intentas ayudar, sin embargo el brazo que les ofreces, únicamente llega a eso, a la longitud de un brazo. El sacerdote de tu parroquia se desvive por buscar, por encontrar qué más poderles ofrecer. Cáritas rebusca entre las piedras una aportación para la bombona de gas, cubrir algunos gastos en su hogar. Y darles la caña también para conseguir el pescado. Los cursos que se organizan, no son pocos. Crece el número de personas que logran reinsertar en el mundo laboral.

Hoy se necesitan más manos para ayudar. Para inclinarte hacia el que nada tiene. ¿Sientes al hambriento? ¿Te has parado a pensar en qué tú puedes estar en ese lado de la mesa algún día, sin nada? Eso me lo recordó esta señora días atrás. Me dijo que muchos la miraban por encima del hombro, cuando pedía ayuda. ¿Nos hemos olvidado sentir lo que el otro padece? ¿Ayudamos? Piénsalo.