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Las tardes se quedan sin alma – Por David Sanz

   

Las tardes son frías y grises. Los adoquines de la calle Real se vuelven todavía más duros que la piedra. En el suelo quedan restos de talco, que cubren con una capa fina el suelo que piso. ¡Cuidado con no resbalar!, pienso. Algún vaso de plástico olvidado por los barrenderos rueda de lado a lado y recuerda que hace unos días la ciudad era una fiesta. Con la misma fuerza que disparó, ahora está apagada, como si sufriera un brote de narcolepsia. Recuerdo, mientras camino, que la ciudad la conocí así. Muchas tardes oscuras, solitarias, que invitaban a la nostalgia, a la ensoñación. Era un abrevadero para el espíritu. La memoria es engañosa. Como el poeta es un fingidor, que diría Pessoa. Es mentirosa porque compara los recuerdos y siempre lleva las de ganar. El pasado siempre fue mejor, dice. Pero lo peor es que ahora tengo la impresión de que es cierto, que esta vez la memoria no me está haciendo la pirueta para creer algo que no es verdad. El tiempo que dejó de ser no volverá a ser. Vaya manía ontológica la mía. Si Luis Cobiella leyera este texto me tiraría de las orejas. Acelero el paso para que el tiempo corra. ¿Para qué?. Todavía tengo una hora de parquímetro y me va a sobrar otra media en atravesar la calle. No hay nadie. Silencio absoluto. Los comercios desiertos, las sillas vacías. Solo alguien pegado a la barra de un bar ojea despreocupado el periódico. La calle más larga del mundo se ha vuelto infinita. El infinito es gris como la acera. No nos pertenece, no es humano. Es una formalidad inventada para consolar nuestro destino. Y dale con la metafísica. Entonces recuerdo para lo que vine. Da mucha serenidad tener algo que encontrar. El vacío, como el infinito, es triste. Como la calle que recorro. ¿Hemos perdido la ilusión?, me pregunto. Quizá los deseos, que son más reales; no sé. Parece que un vendaval se ha llevado por delante la vitalidad de una ciudad, que antes incluso era todavía más encantadora cuando desaparecía el bullicio de la mañana. Pero ahora ha perdido pulso, el latido vital que deja impregnada la humanidad. Parece una ciudad desierta, instalada en el desaliento. En cualquier momento podría aparecer el fantasma de John Wayne, y no me extrañaría. Es como si la crisis también nos hubiera vaciado el alma, el de las personas y también el de las ciudades, que no son tan diferentes. La torre de El Salvador me parece más negra que nunca. Voy de regreso.