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Tiempos de cólera – Por Jorge Bethencourt

   

Uno no se imagina a Luis Augusto de Borbón, conocido en sociedad como Luis XVI, subiendo al patíbulo una fría mañana de enero de 1793 y pensando en el fracaso de la reforma fiscal de Turgot. No. En momentos donde uno está a punto de decirle adiós a su propio cogote, con el conjunto de inconvenientes que ello supone, es más que probable que los pensamientos se dirijan al mundo de los recuerdos íntimos o familiares. El ombligo de España, que como todo el mundo sabe está en Madrid, es hoy una balsa de aceite hirviente en donde se fríen los intestinos de la democracia. Todos los concernidos por el poder representativo están dedicados al honroso y legítimo trabajo de hacer mollejas con el partido que sostiene al Gobierno, al que le han puesto la ropa interior colgando de la ventana de los titulares de la prensa.

Y mientras unos y otros se defienden y se atacan, entre dentellada y dentellada, las noticias del paro nos comen por las patas y esa quiebra económica llamada España se desocupa de la ruina financiera para embarrancarse en la ruina moral. El proceso de arrojar a las llamas de la hoguera más y más nombres, más y más casos, alimenta el pavoroso fuego que no ilumina sino que destruye. Porque no es un incendio purificador, sino compulsivo. No estamos en un proceso racional de reforma de la democracia sino en una reacción en cadena del núcleo del reactor atómico del país. Elementos que han pasado a un segundo plano, como la independencia de Cataluña, el derrumbe del crecimiento económico o la agonía de las haciendas locales, no han perdido virulencia por el hecho de perder protagonismo informativo. Están ahí. Y lo que es peor, sus expectativas de malignidad han crecido exponencialmente en el contexto de un derrumbe institucional que afecta desde la Casa Real al prestigio del último concejal del último pueblo de España.

Vamos de cabeza a una crisis de Gobierno, que es algo saludable en una democracia. Pero también a algo más, porque esto no se arregla con un quítate tú para ponerme yo. Tenemos una cita con algo turbulento. Acontecimientos traumáticos que vendrán desde dentro o desde fuera del sistema. Una regeneración que sólo podría diluirse en una recuperación económica que nadie prevé. De la mediocridad intelectual que protagoniza la vida pública no cabe esperar una voladura controlada de esta ruina carcomida que se derrumba pieza a pieza. Luego, desgraciadamente, queridos habitantes de barrio Sésamo, me temo que el final de esta interminable historia de ira, asombro y descrédito va a surgir de esa matemática del caos que mana de las calles. Vivimos el desamor en los tiempos de la cólera popular y el tremor que hace temblar cada día las rotativas va a terminar como terminan casi siempre los volcanes: haciendo erupción.

@JLBethencourt