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Ebullición – Por Jorge Bethencourt

   

La violencia no es sólo física. El acoso sicológico en el trabajo o en las relaciones de pareja se incluye en el catálogo de maltrato violento. Existen comportamientos que, sin recurrir a la agresión, entran de lleno dentro del terreno del abuso. En los periodos más oscuros de la historia, grupos de personas han sido marginadas, señaladas, estigmatizadas, marcadas, perseguidas o insultadas a causa de un rechazo político, racial o económico de las mayorías. Y el trueno del insulto siempre precede, en la tempestad social, al rayo de la violencia. Llevamos años escuchando que en España no va a producirse una explosión social porque los nuevos pobres son familias que hasta ayer mismo eran la clase media de este país, gente que está más por superar la depresión sicológica en que les ha sumido la pobreza que en expresar su rabia. Este fin de semana un grupo de ciudadanos contra los desahucios se plantó en la casa de González Pons en Valencia (mientras el político estaba en Madrid) y organizó una protesta que acabó aporreando las puertas y atemorizando a la familia del político popular. Más de un político se ha enfrentado ya al hecho de ser insultado en un restaurante o ser voceado en plena calle por un grupo de indignados ciudadanos. Hay familias que han sido expulsadas de sus viviendas porque los bancos se niegan a negociar fórmulas más flexibles para que las hipotecas se puedan pagar en más años. Tenemos cientos de miles de padres y madres de familia que han perdido su trabajo y tienen la certeza de que nunca en su vida volverán a tenerlo. Hay niños que literalmente están pasando hambre. Hay pequeñas empresas que tienen que cerrar acosada por las deudas, por los impuestos que les reclama el fisco y sin poder cobrar el dinero que les deben a ellas, entre otros morosos por la propia administración. Y todo esto ocurre entre escándalos con el uso y abuso del dinero público, cainismos políticos sin cuento, devaluación de la justicia, descrédito institucional generalizado… el caos. Pensar que todo esto puede seguir sin que se deteriore la convivencia y sin que alguna gente pierda la chaveta es padecer una ceguera social irreversible. No todo el mundo va a elegir tirarse mansamente por el balcón de su casa. Los brotes verdes de la rabia, jaleados y amplificados por el altavoz de los medios, empiezan a surgir entre las grietas de un país en quiebra social. El periodismo es un imparable mecanismo que sopla en las llamas y alimenta el fuego de la indignación. Nada hay más consolador que convertirse en apóstol iracundo del sentimiento de la masa, ese pueblo cabreado al que consideramos fuente indiscutible de autoridad. Pero ya estamos con la patada en la puerta. ¿Y después?

@JLBethencourt