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Hugo Chávez – Por Luis Ortega

   

Quienes cumplimos años en este justamente denostado oficio, por las servidumbres innatas y la fauna propia e importada que lo componemos, estamos acostumbrados a las necrófilas liturgias de las largas e irreversibles agonías, cuando el protagonista -en ocasiones un personaje notable o un mandatario digno y, en otras, un sátrapa que inspira igual solidaridad en el momento crucial que nos aguarda a todos- se aferra al último hilo de la vida y sus albaceas y beneficiarios despliegan la estrategia para asegurar, como afirmaba Lampedusa, que nada cambie. Nadie le podrá negar al caudillo de Sabaneta, juzgado, condenado e indultado por golpista, su ira y su radical coherencia; cosechó la desconfianza y la injusticia que hicieron de los partidos históricos inclementes, corruptas e insensibles máquinas de poder; creó un sistema a su imagen y semejanza, sin fisuras ni clemencias, y rescató, en momia y memoria, del Panteón Nacional, el fantasma de Bolívar como bandera y coartada; fió sus ilusiones a un sueño que ya fracasó en la hora de las independencias y frustró la pacífica evolución de las historias republicanas. Rompió todos los pronósticos, por su voluntad de hierro y por la megalomanía que acompaña, para mal y para bien a los personajes singulares. Apostó por un liderazgo que, contra viento y marea -EE.UU. y el FMI, nada menos-, ganó más adeptos de los esperados e hizo -ni más ni menos que el viejo Berlusconi- leyes a su medida, una pulsión irresistible que pocos se atreven a verbalizar. Como todos los hombres que tuvieron, o tienen, un sueño, o una pesadilla, se consideró inmortal. Venció los diagnósticos y desoyó los consejos médicos; se convirtió en una voluntariosa y obediente cobaya dispuesta a todo para cumplir su meta de gobernar hasta el año 2031. En este humilde columna discrepé de sus modos y medidas y ahora, cuando se aguardan las secuelas de su desaparición y duelo, recuerdo -junto a mi amigo Juan Manuel de León- una conversación en un rincón hermoso de amistad y sosiego -Tierra de Trigo- con un locuaz comandante que, poco después y con el apoyo popular, desempeñó los altos destinos de la hermosa Venezuela, “al norte de América del Sur”. Dejó para otras ocasiones, que las habrá, los modestos juicios de un espectador que, a fuerza de desencantos, tiene encallecida la piel de asombro. En la madrugada de su muerte, acoto lisa y llanamente el suceso y valoro ese gesto último, propio o impuesto, de cerrar los ojos en la tierra natal. La historia, esa maga implacable, dirá en su momento cuanto sea menester, o cuanto le obliguen, porque, en esas estamos, amigos lectores. Ahora. Sinceramente, deseo paz y futuro a un nación sentida como propia.