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La importancia de las palabras – Cristina García Maffiotte

   

“Amiga entrañable”; dos palabras que significan mucho, muchísimo más, ahora que hace unas semanas. No evitan que la imaginación popular se dispare. Es más, esas dos palabras nos han hecho recordar a todos la activa y variada vida sentimental que ha mantenido entretenidos a los Borbones durante siglos pero, eso sí, presentan la realidad de una forma más amable. Pero no es la primera vez que ocurre. Desde que en vez de crisis se hablaba de “estancamiento de la economía” o responden “no me consta” cuando quieren decir “pues va a ser que sí pero no sé cómo explicarlo” o “simulación en diferido del salario” como intento de justificar cómo se hace un apaño con un finiquito, los ejemplos de eufemismos para decorar la realidad son casi infinitos. Y quizás ha llegado el momento de darle una vuelta de tuerca más al asunto. En vista de las arcadas que producen las portadas de los periódicos y ante la saturación de escándalos e insultos a la inteligencia de los ciudadanos protagonizados por nuestros representantes políticos, ha llegado la hora de plantearnos seriamente empezar a cambiar el nombre de las cosas. Así, a las cenas de Navidad ya no diremos que invitamos a nuestros familiares; sino a nuestros asesores porque, total, ya sabemos que es lo mismo. Y así, con todo. Cuando veas la gala de los Oscar ya no pensaremos cosas del tipo “al George Cloony me lo merendaba yo de una sentada” sino “cómo me gustaría tener una amistad entrañable con él”, que queda mucho más elegante y te evitará una bronca con tu pareja.

Y un recorte de presupuestos, de servicios, de derechos nos lo venden como un ajuste pues llevémoslo a todos los niveles y pidámosle a la peluquera que nos ajuste las puntas y al charcutero que nos dé los ajustes del jamón para el perro.

Y en la oficina, cuando quiera escaquearse y mandarse a mudar, lo único que tiene que decir, como el papa, que se retira a rezar a la montaña y que sea otro el que apechugue con el muerto. O a sus hijos, cuando se hagan los tontos para evitar que les caiga una bronca por su última trastada les puede gritar “¡conmigo no te hagas la Ana Mato, que nos conocemos!”.

A los bocazas enterados y medio lerdos deberíamos llamarlos, aunque pueda parecer una redundancia, Toni Cantó. Eso sí, recordando que también puedes referirte así a un mal actor.

Y llenemos nuestras conversaciones de expresiones como “hacerse un Bárcenas” para explicar lo que viene siendo un chantaje político o responder con un “no, salvo alguna cosilla” cuando te pare la Guardia Civil y te pregunte si has bebido antes de ponerte ante el volante.

Y para qué, pues para nada. Porque maquillando la realidad con palabras no lograremos cambiarla pero, ¿y las risas, qué? Porque ese momento en el que sueltes “eh, tú, Toni Cantó, déjate de hacerte la Cristina de Borbón y ponte a currar que como te vuelva a ver rezando en la montaña te voy a diferir en simulación la nómina y recuerda que no me consta que esto sea una amenaza, salvo alguna cosilla”. Y así, mira tú por dónde, enriquecemos el idioma que para algo que puede crecer en esta crisis, no vamos a perder la oportunidad. Digo yo.