X
nombre y apellidos>

Jacinto Miquelarena – Por Luis Ortega

   

Recuerdo la voz atronadora del maestro Alfonso García-Ramos, que, ante los dislates y cancaburradas de los políticos (poncios y adulones), lanzaba una expresión de cabreo, hastío y resignación cristiana que afamó al autor, el polígrafo Pedro Mourlane Michelena (1888-1955), y al destinatario: el periodista Jacinto Miquelarena Regueiro (1891-1962), los dos malditos para la izquierda y, en general, para la progresía por su activismo falangista y la participación, como otros escritores adictos, en el cadáver exquisito de la letra del Cara al sol.

“¡Qué país, Miquelarena!”, clamaba el irunés, con evidente desencanto, acaso por el torpe e implacable derrotero de los triunfadores, y asentía, con el mismo cuerpo y ánimo, el bilbaíno, que, iniciado como impulsor y redactor de prensa deportiva, durante la Guerra Civil dirigió Radio Nacional de España desde el Cuartel General de Salamanca. Fue traductor de Kipling y letrista de zarzuela y firmó una docena de libros de viaje -con agudas observaciones sobre países donde cubrió corresponsalías o eventos como los juegos olímpicos- entre los que destacan El gusto de Holanda y Pero ellos no tienen bananas, dedicado a Nueva York. También escribió novelas y ensayos humorísticos, algunos publicados en La Ametralladora y, luego, en La Codorniz, fundadas y dirigidas por Miguel Mihura, cuya amistad lo acompañó hasta su suicidio -se arrojó al paso del metro de París- en 1962, tras conocer el diagnóstico de una enfermedad incurable.

Incluido por Jardiel Poncela y, luego, por Paco Umbral, entre los grandes prosistas del pasado siglo, entre sus mejores títulos figuran El lenguaje del amor y las mil y una frases peregrinas, colección de citas vacuas y crueles apostillas, y Don Alfonso, el libertino, relato situado a comienzos de la centuria. Opelio Rodríguez Peña, ejemplar y reconocido tinerfeño, nacido en Gran Canaria, me regaló in illo tempore este último y, al margen de legítimas diferencias políticas, uno mi modesta opinión a la de los escritores referidos y a la de algún crítico sin prejuicios que lo sumó a la Generación del 27, con la ira de los exiliados y el desprecio de los radicados en el país. En cualquier género fue directo y brillante, un observador que, con los ideales arruinados, creció en un inteligente cinismo y, con Jiménez Caballero, dio las mayores cotas de calidad a la literatura tolerada por los vencedores del conflicto civil. En coyunturas como la actual, sin posibilidad de mirar con esperanza a cualquier lado, volvería a escuchar de Pedro Mourlane, compadre de fatigas y hastíos, “¡qué país, Miquelarena!”. Y asentiría, claro.