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Leopoldo – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Estos artículos dominicales no descienden nunca al personalismo, es decir, nunca se refieren a cuestiones propias o personales, que carecen del menor interés para los lectores. Y cuando aludimos a personas -o personajes- nos referimos siempre a las que nos gobiernan y representan políticamente, y precisamente en cuanto que lo hacen. Sin embargo, hoy está más que justificada la excepción que confirma la regla; hoy es de estricta justicia escribir de una persona que encarna la honradez y la profesionalidad del trabajo bien hecho, y de una vida dedicada al trabajo bien hecho. Nada más y nada menos, en los tiempos que corren. Esa persona es Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, antiguo director de este periódico, a quien el Gobierno de Canarias le acaba de conceder el Premio Canarias de Comunicación, un merecido premio que, en cierta forma, viene a compensar alguna sinrazón y algún maltrato del que no ha estado exenta su ejecutoria. Viviendo en España -y en Canarias- eso es algo inevitable y consabido.

Conocí a Leopoldo hace más años de los que quisiera, en los viejos tiempos de la redacción de la calle Santa Rosalía. Joven profesor universitario, recién llegado de Madrid, enviaba artículos a periódicos de las Islas y de fuera, entre ellos al entrañable y desaparecido La Tarde y también al DIARIO. Y hace más de 16 años, ya en la nueva redacción y con motivo de mi envío de un artículo, Leopoldo me habló de la responsabilidad de los universitarios, de nuestra necesaria conexión con la sociedad y de nuestra obligada tarea de participación en el debate social y político, sobre todo los que profesamos la docencia y la investigación en materias como el Derecho y la Política. En una palabra, Leopoldo me reconvino con su amabilidad y su gentileza habituales, y me urgió a que mis esporádicos artículos adquiriesen un compromiso de regularidad.

Y así ha sido. Recogí el guante que Leopoldo me había lanzado, y, con un compromiso meramente verbal, durante algo más de 16 años he enviado un artículo al periódico todas las semanas, sin faltar ni una y sin tener en cuenta vacaciones, viajes ni enfermedades. Y, por mi propio bien, espero seguir haciéndolo muchos años más, a despecho de vivir en un país cuyos días laborables son molestos paréntesis entre días -o semanas- festivos. Las exigencias de la publicidad, las limitaciones de espacio y el aumento en el número de los colaboradores han determinado que el periódico me haya ido reduciendo el tamaño del artículo, o sea, el número de caracteres del que puedo disponer en cada ocasión, lo que me ha obligado a crecientes ejercicios de síntesis para poder seguir diciendo lo que quiero decir. Una reducción que, como no podía ser de otra manera, ha sido compatible con la libertad absoluta en los asuntos y los contenidos que el periódico siempre me ha concedido. Las mismas razones que han obligado a reducir su tamaño han originado un continuo baile en la ubicación del artículo, a la izquierda y a la derecha, arriba y abajo. Y una feliz combinación ha hecho que en las últimas semanas estos Avisos Políticos se hayan publicado precisamente compartiendo página y debajo del Análisis de Leopoldo. Es justo que, de cierta manera, se cierre así un círculo que empezó hace tantos años. Porque es evidente que el origen de estos más de ochocientos artículos publicados y de mi presencia en el DIARIO por más tiempo que algunos integrantes de su plantilla y que algún directivo está en Leopoldo.

Escribíamos antes que el nuevo Premio Canarias encarna la honradez y la profesionalidad del trabajo bien hecho, y de una vida dedicada al trabajo bien hecho. La profesionalidad del que nunca ha querido ser otra cosa que periodista y nada más que periodista. Y no hay palabras para agradecerlo en un mundo en el que tantos utilizan el periodismo para escalar cimas ajenas a la profesión, y para jugar en otras ligas y otros campos quizás más productivos. Yo se lo agradezco a Leopoldo desde mi radical independencia de no tener ni haber tenido nunca carnet de ningún partido ni de ningún sindicato, y de estar persuadido de que los partidos y los sindicatos españoles, junto con demasiados supuestos -y sectarios- periodistas y un grupo de jueces, son culpables de la lamentable situación social y política que padecemos, y han llegado a convertirse en un peligro para la democracia de este país.

El relevo de Leopoldo en la dirección del DIARIO y su traslado a otro cargo me pareció un error que no iba a aportar ningún beneficio al periódico, como así fue. No aportó ningún beneficio, aunque, al menos, no supuso la pérdida de su constante presencia y su talante de caballero del periodismo, un talante que ahora el Gobierno de Canarias le premia. Un Gobierno inmerso en el sectarismo y la arbitrariedad, pero que en este caso ha tenido la cordura de aceptar la propuesta del jurado del premio. Era de esperar algún ladrido envidioso, que prueba que vivimos en España -y en Canarias- y que Leopoldo sigue cabalgando. Y es de desear que lo siga haciendo y que continúe dándonos ejemplo de tantas cosas. Mi más cordial enhorabuena, Leopoldo. Es un honor -y un placer- ser vecino tuyo en las páginas de opinión del DIARIO.
Para felicitarte, he roto por una vez el tono habitual de este artículo. Era de justicia. Que lo disfrutes.