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Los límites del papa Francisco – Por Carlos Carnicero

   

La Iglesia tiene dogmas difícilmente mutantes. Son solo de obligado cumplimiento para los católicos y siempre tienen el alivio de que la confesión pone la cuenta de nuevo en cero. Desde esa perspectiva simplista, nada que objetar a que los miembros de un club acepten pertenecer a él en función de las normas que lo rigen. Es el uso de la libertad el que se emplea para pertenecer o no a la Iglesia de Roma o a cualquier otra confesión. El problema es cuando la Iglesia quiere interferir en las normas civiles, intentando que sus dogmas se conviertan en obligado cumplimiento. En el fondo, el intento de transformar en leyes sus credos es una confesión de la inseguridad de que los fieles las cumplan por adhesión y obligar al resto de la población a asumir una convicciones que deberían ser privativas de los católicos, mediante el uso coercitivo de las normas civiles. Todas las iglesias quieren imponer sus credos a la sociedad civil. El catolicismo ha ido perdiendo capacidad de influencia civil a lo largo de la historia. Eso forma parte de la institucionalización y democratización de las sociedades. Como todavía algunos estados siguen condicionados por la influencia de la Iglesia en la vida civil, la evolución de esta institución es un asunto que interesa a todos por la siempre ecuación de que cuanto más permisivas y tolerantes sean sus normas más fácil será convivir con sus deseos de contaminación al estado. El papa Francisco causa una primera impresión de innovador de las prácticas de la Iglesia, no en cuanto a la sexualidad y reproducción, pero sí en sus deseos de alineamiento con los más humildes. Pero no podemos pecar de ingenuidad: los límites de transformación de la Iglesia tienen algunas barreras que son infranqueables. Conocer los límites de lo posible es acercarse a la posibilidad de lo quimérico. La influencia de la Iglesia, aunque solo fuera por el número de sus seguidores, es enorme. Una Iglesia que se vuelque con los pobres necesariamente tendrá que confrontarse con los ricos. Y ese es el primer dilema del papa Francisco. No es lo mismo agarrar el subte y el colectivo en las calles de Buenos Aires que viajar en bicicleta por Roma. Pero es un punto de partida. Hay algo en la mirada del papa que me inspira confianza. Hay algo de irónico en su semblante que me hace confiar en que tiene la tentación de la rebeldía inteligente. Me parece que le gustaría ser el enfant terrible del Vaticano. A este mundo le vendría bien un pequeño tsunami en el corazón de la Iglesia. Sobre todo porque el neoliberalismo imperante da mucho margen para hacerse transgresor. Y el papa, sin calcetines de seda, tiene un semblante travieso como para atreverse a sacar las patitas de un tiesto demasiado estrecho para él.