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Pacto por Tenerife, pacto por Canarias – Por Wladimiro Rodríguez Brito*

   

El pasado miércoles asistimos a un debate en el Aula Magna de la Facultad de Económicas de la Universidad de La Laguna, debate que debe ser un embrión del quehacer intelectual y político de la sociedad canaria; debe ser una reflexión amplia y una búsqueda de alternativas que generen vías, caminos o senderos ante la dura situación económica y social que vivimos en las islas. La enhorabuena para los profesores participantes de la Universidad de La Laguna y para los partidos políticos que han apoyado estas jornadas; esperemos que sean un semillero ante la conflictiva situación social y económica que vivimos en las Islas. Estamos en la obligación de hacer surcos y poner semillas para que en el futuro cosechemos en las tierras balutas de la llamada modernidad.

No existen medicinas milagrosas que sean alternativa a el trabajo, el esfuerzo, la cultura y el compromiso. La principal herramienta de nuestros ancestros era una mentalidad, un compromiso y una cultura pegados al suelo, alejados del espejismo que hemos vivido en nuestra reciente historia.

Hablar de pacto por Tenerife o por Canarias no es solo hablar de economía, sino sobre todo de un cambio de mentalidad, una nueva actitud. Hay que darse cuenta de que las cosas del ayer tienen un valor en el presente y para el futuro; las nuevas tecnologías y la sociedad de servicios no están reñidas con el sector primario. El mayor suministrador de alimentos de las Islas son los huertos que existen en nuestros puertos. Mientras nuestros campos están cubiertos de maleza y las tierras sin surcos, importamos más de doscientos litros de leche y derivados por habitante y año, y más de treinta kilos de carne. Si a pesar de no haber aumentado la producción local se ha producido un descenso de más del veinte por ciento en las importaciones en relación con 1992, ¿es que ahora estamos peor alimentados?

Hemos pasado de importar más de seis mil terneros de engorde al año a menos de mil en estos momentos; se ha reducido la producción local en casi todo: papas, hortalizas, huevos, leche, etcétera; nuestra ganadería nos abastece en poco más de un veinte por ciento y encima nuestros ganaderos tienen no solo dificultades económicas, sino también de tipo legal, ante unas leyes que hemos creado en Canarias alejadas del mundo rural.

El REA es una herramienta útil para potenciar la producción local y frenar la subida del coste de vida en algunos productos alimenticios. Sin embargo, en Canarias se ha degradado gran parte de nuestra producción local, a diferencia de lo que ocurre en otra serie de territorios ultraperiféricos. Hay que replantearse las relaciones de la Unión Europea con Canarias.

En los llamados puntos negros del pacto está no solo buscar alternativas sociales y alimentarias, tanto en cantidad como en calidad de lo que nos llevamos al estómago. Esta crisis es marcadamente diferente de todas las crisis anteriores que ha sufrido nuestro Archipiélago: con anterioridad las crisis tenían que ver con sequía, invasiones de langosta, con pérdidas de mercado para los monocultivos dominantes. Antes se sufría de carencia de recursos para sobrevivir en nuestro territorio; ahora, sin embargo, estamos en unas Islas con un volumen importante de aguas y tierras ociosas. De los más de doscientos millones de metros cúbicos de agua que consumen nuestras zonas urbanas apenas estamos reutilizando un quinto. En islas como La Palma o La Gomera se están perdiendo volúmenes importantes de aguas blancas por la falta de campesinos para regar y cultivar nuestros campos.

La superficie de regadío no solo no se incrementa, sino que incluso pierde espacio como ocurre en los jables del sur de Tenerife o en La Gomera; las aguas depuradas en Fuerteventura se vierten mayoritariamente al mar.

Nuestro sistema educativo, la formación profesional, tiene que optimizar el recurso más valioso que tenemos como pueblo, nuestra juventud; debemos revitalizar los valores familiares en crisis; romper con un marco de leyes urbanitas que protegen a todo bicho viviente exceptuando a los campesinos; reforzar el débil y atomizado tejido empresarial de nuestro medio rural; luchar contra la distribución de alimentos en manos de pocas empresas que en contadas ocasiones se abastecen de productos locales. Hay alternativas pero para ello tenemos que cambiar principalmente nuestra visión del medio rural, en lo económico y lo social. Otra cultura es posible y necesaria, se requiere de un cambio de valores hacia el campo, hacia la vida, hacia el medio rural. Hay que romper los malentendidos hacia el campo y el mundo rural.
*DOCTOR EN GEOGRAFÍA