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El papa del ‘heme aquí’ y Jesuita – Por Juan Manuel Bethencourt y Juan Cruz

   

El papa del ‘heme aquí’ – Por Juan Manuel Bethencourt

Querido Juan: tengo claro que la noticia de la semana, incluso desde una perspectiva aséptica, sin necesidad de exaltarse uno en muchedumbre concentrada, ha sido la elección del nuevo papa Francisco, un papa americano por primera vez en la historia, argentino para más señas, también el primer jesuita, lo que, si me permites que te lo diga, no es cualquier cosa. Al escuchar las primeras palabras pronunciadas por el hasta hace poco tiempo cardenal Bergoglio, la puesta a disposición de la comunidad de fieles a cargo de un personaje llegado de tan lejos, he recordado las palabras que pronunció san Francisco Javier cuando, allá por 1541, radicado en Lisboa, escuchó por boca de sus superiores que debía viajar a Asia por la enfermedad de un compañero. “¿Y cuándo debo partir?”, fue su respuesta. “Mañana”, le dijeron. “Heme aquí”, fue toda su respuesta. Semejante disposición formó parte de la misma génesis de la Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola, Diego Laynez, Francisco de Javier y otros siete integrantes iniciales, una de las organizaciones humanas con mayor éxito a lo largo de los últimos siglos, capaz de fundar colegios y universidades en todos los continentes, generación tras generación, superando el recelo mismo de Roma. Este nuevo papa dice venir de lejos, pero más allá fue aún el su tocayo el santo navarro, quien, no conforme con su misión evangelizadora en India, recorrió todo el Lejano Oriente en apenas 11e años de misión. El episodio de esta semana me remite a la lectura recurrente de El liderazgo al estilo de los jesuitas, de Chris Lowney, un tratado sobre el humanismo aplicado a la gestión empresarial, un libro que recomiendo siempre y que incide en tres reglas de oro para la conducta diaria: el autoconocimiento, el amor y el ingenio. Tres herramientas muy útiles para cualquier época.

Jesuita – Por Juan Cruz

Si te digo la verdad, Juan Manuel, hace mucho tiempo que desconfío del carácter papal. Cuando eligieron a Juan Pablo I creímos todos, y él lo creyó también, que la Iglesia católica había hecho un giro hacia la sencillez sincera, hacia la humildad en los hechos, en los gestos e incluso en las vestimentas. El gobierno vaticano (que es otra cosa que el Gobierno del Vaticano) le hizo la vida imposible, y lo aherrojó de tal modo a las claves que hacen que el poder sea como en todas partes que se agotó el corazón de aquel buen hombre. Juan Pablo II prolongó su mandato más allá de lo imposible, se sometió, aun cuando ya no podía desarrollar su papado, a viajes agotadores que terminaron exponiéndolo ante los fieles como un mártir que daba compasión. Hizo muchas cosas en ese papado, eso es innegable, pero también dejó muchísimas por hacer. Estas que ni siquiera comenzó, relativas a la honestidad de altas jerarquías de la Iglesia, le estallaron a Benedicto XVI en las manos, hasta el punto que fueron seguramente las que finalmente lo obligaron a su insólita renuncia ante su manifiesta imposibilidad de abordarlas con éxito. La Iglesia católica es una institución impresionante, que ha traicionado a lo largo de los años los imperativos de humildad y de rigor que declararon como normas de conducta sus augustos fundadores. Demasiados escándalos sin resolver, demasiadas esperanzas defraudadas. Ahora renacen estas esperanzas con los primeros pasos del jesuita argentino que ha querido llamarse Francisco, como aquel humilde santo de Asís. Ojalá acierte. El mundo necesita que su papado sea un punto y aparte, y para algunas cosas un punto y final.