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DOMINGO CRISTIANO >

Paremos en seco – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Los creyentes en Cristo hemos perdido en gran medida aquel empuje que movió a otros cristianos a proclamar con alegría y orgullo su fe. Al tiempo, también es cierto que una gran parte de la sociedad ignora nuestra presencia como se desentiende uno del recuerdo de las estrellas fugaces: son hermosas mientras resplandecen, es imposible negar su existencia y cómo nos sobrecogen, ¡pero dura tan poco el apogeo de su belleza y dejan tan poca huella en el firmamento!

Opino también que negar todo lo anterior responde a dos razones malsanas. O bien a la miopía triunfalista de quienes se ocultan la verdad a sí mismos y la esconden a los demás por estar ebrios de sus gloriosos recuerdos. O bien al temor paralizante del que se siente derrotado o camino del descalabro y prefiere consolarse con lo poco en lugar de aspirar a lo mucho.

Sea una cosa, la otra o todo lo contrario, lo indiscutible es que un año más Dios ha pasado entre nosotros señalando el camino hacia la liberación. Así lo hemos vivido quienes celebramos la Semana Santa desde la fe. Bebemos de una verdad que reconocemos eterna, pero sabemos que el Espíritu de Dios derrama sobre su Iglesia propuestas de fidelidad varias, siempre consecuentes con el correr de cada tiempo.

Y yo he percibido, así lo comparto, que en este devenir concreto la llamada de Dios a su Iglesia ha sido una invitación a retomar la absoluta sencillez de nuestra fe, a acoger la radical novedad del Evangelio, a recuperar el gozo de la vida interior y la esperanza por la construcción de un mundo mejor.

Creo que se nos está pidiendo volver nuestros ojos a los orígenes: a los inicios de la aventura de la fe y al acontecimiento de nuestro encuentro personal con Dios. Se lo pide Dios a Bernardo, nuestro obispo. Se lo pide al clero diocesano, a los religiosos y religiosas, a los diáconos, a los seglares…

Intuyo yo que estamos necesitados de un parón en seco. Démonos una tregua ante tantos compromisos, ante tantas servidumbres a las que sucumbimos por aquello del qué dirán. Frenemos el paso apresurado, el personal y el comunitario. Recuperemos el gusto por cerrar los ojos y suspender el pensamiento, vaciándonos para colocarnos delante de Dios.

Creo que percibiremos así que lo nuestro no es vencer ni convencer, que son dos fuentes de ansiedad y de desarraigo. Lo nuestro es experimentar y proponer. Notaremos entonces que la fuerza nace de nuestro interior con la espontaneidad con la que el aire entra en los pulmones.

Un frenazo en seco a nuestro empeño por responder a preguntas que nadie se hace, a nuestro desatino de encender el foco sobre lo que está mal en lugar de iluminar el camino que conduce a la felicidad, nos reconciliará con nuestra tarea de testigos. Un abrazo en lugar de un juicio, una palabra de aliento en vez de una crítica, nos devolverán el orgullo de ser cristianos.

Somos los que han sido elegidos para construir, para derramar misericordia, para despachar ternura.

Si lo hemos olvidado, si esa ya no es nuestra práctica, no busquemos más lejos la razón de nuestra pesadumbre.

Feliz Pascua.

@karmelojph