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Profesores – Por Leopoldo Fernández

   

Gracias a un informe sobre las pruebas realizadas a 14.110 opositores a maestro en la Comunidad de Madrid, se ha conocido el lamentable estado de preparación de estos aspirantes a profesores, incapaces en su inmensa mayoría de superar con acierto los contenidos curriculares de la educación primaria. A tenor de los resultados de los exámenes, el grado de preparación de tales enseñantes deja mucho que desear y prueba además que han aprobado la carrera sin reunir los requisitos exigibles, con el agravante de que muchos de ellos habían accedido a las bolsas de empleo sin acreditar unos conocimientos superiores a los de los alumnos a los que deben impartir clase.

No sé si estos datos bochornosos serán extensibles a todo el país, pero el caso es que las oposiciones de marras estaban abiertas a españoles de cualquier procedencia, lo que de alguna manera les otorga cierta representatividad territorial. El descalabro del sistema educativo, su fracaso reiterado, tiene mucho que con la politización de las sucesivas reformas; con los padres, que muchas veces no asumen sus responsabilidades familiares; con los estudiantes, a los que no se exigen elementos básicos para su mejor formación -disciplina, esfuerzo, mérito, sacrificio, superación, constancia-; con el propio sistema, que no responde a las necesidades de una enseñanza moderna y bien estructurada; y, finalmente, con la deficiente formación del profesorado, no sé si por dejación de las autoridades académicas, por malas técnicas de aprendizaje, por falta de motivación profesional o por un sistema de estudios que no valora como debe el caudal de conocimientos imprescindible, y su actualización, para poder impartir clase.

Claro que existen profesores magníficos, bien preparados, de vocación sin par y entrega admirable a sus responsabilidades. Pero los hechos son tozudos y reflejan un universo de inútiles y profesionales manifiestamente incapacitados para la enseñanza, ya que ni siquiera conocen las materias que deben impartir al alumnado. Así las cosas, las faltas de ortografía, el desconocimiento geográfico y territorial del país y las numerosas lagunas en materia cultural básica ahora revelados no son sino muestras de la lamentable preparación de muchos profesionales de la enseñanza. Lo que a su vez evidencia la necesidad de elaborar nuevos planes formativos y, entre tanto, repartir las plazas primando no el tiempo de servicio y la antigüedad, sino las calificaciones académicas y la cualificación objetiva. Una profesión tan necesaria y valorada no puede quedar a los pies de los caballos porque, como bien dice el refranero, “el sabio no es más que sabio; el diestro es el maestro”.