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San Lorenzo de Almagro – Por Domingo-Luis Hernández

   

En enero del año 1907 un grupo de muchachos de un barrio transversal de Buenos Aires fundó un equipo de fútbol: Los forzosos de Almagro. Poco después se hizo visible en el lugar un cura joven, el salesiano Bartolomé Martí Massa, que observó, reflexionó y decidió: aquel juego podría sacar de las calles a los chicos desamparados. El 1 de abril de 1908 nació el Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Viste camiseta azul grana (como el Barcelona) y por lo general pantalones blancos (aunque también rojos y azules). Es un club histórico de Buenos Aires. Su característica ha sido la fuerza, aunque en los últimos años (con entrenadores como Ángel Cappa) ha practicado un fútbol meritorio. Sus éxitos nacionales e internacionales se cuentan, aunque no están a la altura del rico, central y poderoso Ríver o del bullicioso Boca Junior, del pintoresco barrio de Boca, en el extremo oeste de la Capital Federal de Argentina.

El hoy Papa Francisco I (Jorge Mario Bergoglio) es un conocido aficionado a esos colores y socio del club. Tanto que ante el túmulo de periodistas que le preguntaban por temas de la ocasión al ser elegido Papa, dijo: “¡que gane San Lorenzo!”. Y en el paseo por la Plaza de San Pedro camino del altar en el que iba a oficiar su primera misa como pastor supremo de la iglesia católica, corría a su lado una gran bandera desplegada del Sal Lorenzo.

Las razones de esa incursión en el mundo de los seguidores y defensores de tal deporte, se encuentra en el cura fundador Bartolomé Martí y en sus propósitos. Propósitos que se incardinan con una de las características de este hombre sacerdote, cardenal y Papa: el Bajo Flores es un barrio popular de Buenos Aires, un añadido a la capital originaria por los efectos de la inmigración europea de finales del siglo XIX y principios del siglo del XX. Separado de la Capital Federal por dos grandes avenidas (Varela y Perito Moreno) es uno de los barrios que delimitan al Boedo obrero, tenido como réplica del rico Florida. Boedo es el lugar donde se alza el famoso tanatorio de Buenos Aires al que asistieron centenares de ciudadanos en pos de encontrar allí a los desaparecidos por la dictadura de Videla y Manssera.

Estar junto a los indefensos siempre ha sido el signo de Bergoglio, tanto que se han repetido hasta la saciedad sus disposiciones: un pequeño apartamento, hacerse él mismo la comida, dos trajes y dos pares de zapatos, transportes públicos, la vida cerca de los pobres del Gran Buenos Aires… La única entrevista concedida por el cardenal a un medio de comunicación fue a una emisora local de esos lugares. Una hora de conversación abierta sobre su fe y su trabajo en la fe. Ahí su consecuencia.

Sujeto atípico, se dirá, y es cierto. Por la disposición dicha y por sus elecciones: el San Lorenzo al lado de sus dos autores favoritos: el ateo y urdidor del Buenos Aires que murió, Borges, y el enigmático Dostoievski.

Eso es lo que caracteriza a la orden que lo acogió y lo formó: los jesuitas. Que se caracterizan por dos cosas principales: una, de todas las congregaciones católicas que se conocen son los únicos que han demostrado creer en Dios verdaderamente; dos, la formación intelectual de sus miembros no está peleada con su lucha en favor de los necesitados. Luego, congregación insólita en una iglesia rara… ¿Cuál será el resultado? Acaso lo veamos, si no nos priva de ello (a los creyentes y a los que no creemos) algún suceso también extraño.